viernes, 24 de junio de 2016

Los ignavos.

Ilustración de la primera parte del Canto III, obra de Priamo della Quercia. Siglo XV. 
(by Google)



Tras algunos años sin habernos visto, retorna unos días a la ciudad un matrimonio amigo, italiano, aunque buenos conocedores del castellano ya que estuvieron de docentes en universidades hispanoamericanas. Hacemos un hueco para compartir viandas y vinos y retomar charlas que, arropadas por su inmensa cultura, siempre fueron provechosas.
Sin intuir el futuro choque futbolístico, por descontado era necesario contraponer las situaciones políticas de nuestros respectivos países. En uno y otro existían nuevas circunstancias de las que discutimos su correspondencia o su carácter diferencial, fenómenos populistas estaban en ambos casos emergiendo frente a fuerzas tradicionales. En Italia había elecciones municipales (y Berlusconi doliente), aquí segundas generales, y frente a los países del norte, allí algún experimento tecnocrático y de mezcolanza ideológica habían tenido lugar y no convendría que resultaran exportables aquí. En ese ínterin comentó el amigo italiano que lo que creía que prevalecía era la desafección y que parecía llegado el tiempo de los ignavos.

El término nos causó sorpresa y pensando que estaba en su lengua solicitamos, como ignaros, su traducción. En un ejercicio de sorpresa nos respondió que ya casi no se usaba en italiano y significaba pigros y que su mejor comprensión se tendría si se recurría a la Divina Comedia de Dante, en concreto al canto tercero de su Infierno. En ese momento otra contertulia española, de letras, recordó al hilo de lo tratado el sintagma latino ignava ratio que nos tradujo por ‘razón perezosa’ preguntándose si tenía que ver.

Pigro, a [it.]: se traduce como Perezoso, a. Dícese de una persona que, por naturaleza, rehúye la fatiga, el estrés, el compromiso físico o intelectual y la acción en general, o que actúa lentamente y sin entusiasmo.
En filosofía, sofisma perezoso (o razón perezosa, o sofisma de la razón perezosa), es equivalente de la loc. lat. ignava ratio, tipo de argumento falaz que consiste en la deducción de la inutilidad de toda acción humana, a partir de la afirmación de la existencia del destino, es decir el de una serie predeterminada de eventos futuros. Así, leemos en  La razón diligente de José Villalobos Domínguez:
“Hace años me encontré, estudiando los Ensayos de Teodicea de Leibniz, un análisis apasionante del sofisma clásico de la razón perezosa” (ignava ratio, árgos lógos, faule Vernunft). Es la razón que piensa que, puesto que todo se ha descubierto o se descubrirá, ¿para qué seguir buscando? En el Prefacio de esa obra se describe el sofisma así: si el porvenir es necesario, lo que debe suceder, sucederá, se haga lo que se haga” (1).

Efectivamente en la lengua castellana tenemos el término ignavo en su DRAE, derivado del latín ignāvus, del que pasó también al portugués, al italiano (se usaba en el s. XVI, igual que en España), etc. Y, gracias a la riqueza de las lenguas románicas, encontramos los deslumbrantes sinónimos de ignavia como acidia (acedía o acedia) y pigricia.
Traducimos del italiano: ‘La ignavia es la falta de voluntad que paraliza, en una posición confortable, la neutralidad mineralizada en una pigricia cómoda y (en el momento) ventajosa; ilusa inercia convencida de que la falta de acción, incluso si es culpable, podría ser prudente y conveniente’.

Pero vayamos a que nos ilustre Dante Alighieri. El canto tercero del Infierno se desarrolla en el Antiinfierno, donde se castiga a los indiferentes y pusilánimes: los ignavos - vv. 22-69 (2):
En el Antiinfierno son castigadas las tristes almas que vivieron sin infamia y sin honor. Ellas son los ignavos, almas que en vida no hicieron ni el bien ni el mal por su elección de cobardía. Estos condenados son echados del cielo y en el infierno no los quieren porque, en la vida, no pudieron o no quisieron elegir de qué lado estar y tienen aquí una ínfima vida ciega que hace que envidien cualquier otra pena.
“El mundo no conserva ningún recuerdo suyo y tanto la misericordia como la justicia los desprecian” (3) dice Virgilio a Dante.
 Son condenados eternamente a correr desnudos siguiendo una enseña, atormentados por avispas y moscas que surcan de sangre su cuerpo, y en sus pies hay un manto de gusanos que se alimentan de las lágrimas mezcladas con sangre. Quien no supo elegir en vida, es decir elegir de qué lado quedarse, en la muerte quedará como un paria obligado a correr detrás de una bandera que no pertenece a ningún ideal.




(1) En Villalobos Domínguez, J.- La razón diligente. Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras: Minervae Baeticae, Nº 39, 2011, págs. 85-106.
(3) Ver www.ieslaasuncion.org/departamento/documentos/inicio/1090.pdf