lunes, 30 de marzo de 2015

Guerra a la guerra [II].


[continúa]

II
Pero a la vez que se considera el poder en términos de cesión o enajenación, hay que analizarlo en términos de guerra. Foucault tomó la idea de invertir la máxima de Clausewitz de esa tradición del pensamiento nobiliario occidental de los siglos XVII y XVIII, en los que la imposición de las monarquías absolutas y de las formas estatales de organización socio-política son interpretadas como conquista en la que la guerra, punto de origen de la conformación de las sociedades europeas, se institucionalizó, se normalizó –se hizo norma y se volvió normal– y se legitimó mediante mecanismos políticos específicos que la transformaron en una situación regular en el periodo posterior a la conformación del Estado absolutista. La política se habría tornado el instrumento natural con el cual se darían los enfrentamientos para cambiar las relaciones de poder. Aparece un discurso que legitima las relaciones existentes como relaciones de normalización. Sin embargo, es mucho más sutil, porque aquellos que sean declarados por fuera de los procesos de normalización desaparecerían del escenario de la lucha por el poder.
Las formas de legitimación del poder responden a esta normalización de la guerra como eje articulador de la sociedad, que gracias a ello se transforma en una guerra permanente. Es lo que permitió que la política se convirtiera en la continuación de la guerra por otros medios. Tendríamos una hipótesis, que sería: si el poder es esencialmente lo que reprime, la guerra es su máxima expresión. Y si la lucha de poderes en su máxima expresión es la política, la política es la guerra proseguida por otros medios.
No obstante, los procesos de dominación logrados en el campo de batalla se tornan más complejos cuando tienen que ser manejados por la política. A la guerra, genealógicamente, deben adicionarse algunos elementos que al añadirse la han evolucionado. Por ejemplo, el surgimiento de la modernidad y con ella, la aparición del capitalismo como sistema de relaciones sociales que ha transformado profundamente la dinámica de la vida social. Porque existe una funcionalidad económica del poder, en la medida en que el poder consiste en mantener relaciones de producción y a la vez una dominación de clase. En este caso, el poder político encuentra su razón de ser y su funcionamiento en la economía. Pero un Estado no puede sostener una economía dedicada a la guerra en su totalidad.
La guerra se combinaría así con el proceso de acumulación originaria. Ese proceso propicia una gran transformación, en la cual se da la conformación de un mercado autorregulador capaz de abstraerse de la esfera de la vida social, convertida en una sociedad mercantil, para pasar a ser su eje articulador.
De esa forma, la lógica de la guerra se modificó totalmente. En la nueva dinámica, el lucro, la ganancia, la acumulación y reproducción ampliada del capital se convierten en los ejes que atraviesan y sostienen a la guerra que se vive, se intensifica y se magnifica en el cuerpo social como consecuencia de la implantación de una hegemonía en dicho cuerpo, caracterizada por la dominación que ejerce una clase sobre las demás y que reside en la capacidad de imponer una visión de mundo que se nutre de las manifestaciones de fuerza que provienen de las condiciones objetivas en las que tienen lugar las relaciones sociales.
Aunque para Gramsci la dominación residía más en el ámbito de un consentimiento producido por la implantación de visiones de mundo. Es, precisamente, a través de la imposición de visiones de mundo que la guerra puede normalizarse, transformarse en una dinámica cotidiana pero también, la guerra puede seguir transcurriendo, operando con su lógica de confrontación, ocupando terrenos y ganando batallas, sin que ello sea siquiera percibido. En la medida que funciona como un instrumento de represión, las fuerzas del poder impiden, la formación del saber. Esta distorsión el poder la opera cultivando la falsa conciencia.
Esa nueva lógica de la guerra, no sólo coloniza a la vida misma, sino que llega a instrumentalizar a otras formas de dominación. Porque se trata de que, igual que la dinámica que se apropió del Estado absolutista y lo reorganizó conforme a sus necesidades, múltiples relaciones de poder sean apropiadas por el aparato hegemónico, volviéndolas funcionales y operativas para la guerra social en el ámbito de las relaciones sociales capitalistas. Las relaciones de poder, entonces, producen efectos de normalización, de legitimación de las mismas relaciones, de interiorización en el cuerpo social y en el individuo.
Se trataría, en todo caso, de un poder estratégico, que funciona ganando posiciones, apropiándose de relaciones y reproduciendo mecanismos concretos que obedecen a una dinámica y una lógica articuladoras. En la guerra permanente, el avance en las posiciones estratégicas es lo que más relevancia posee. Una hegemonía debe ser considerada como una estrategia que tuvo éxito en el ámbito de confrontación con otras estrategias.

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[sigue]


lunes, 23 de marzo de 2015

Guerra a la guerra [I].


Poder e inversión de Clausewitz: El concepto de guerra en Foucault.

 “… en una situación tan peligrosa como la guerra los peores errores son los que alimentan los buenos sentimientos”.
Carl von Clausewitz

El análisis del poder realizado por Foucault en su Curso [*] en el Collège de France entre los años 1975–76 se desarrolló en el ámbito jurídico, en referencia al campo económico y finalmente en la inversión del aforismo de Clausewitz y sus consecuencias.
La guerra, la política y el derecho son tres nociones que se encuentran inscritas dentro de las relaciones de poder. Por ello, el derecho como una cierta manera de continuar la guerra, fue otra afirmación que también se analizó en el citado curso. Hay que resaltar que el uso que hizo Foucault del concepto de la guerra difiere de las tesis clásicas y puede ser considerado una desconstrucción del concepto mismo.
Debe tenerse en cuenta que en Foucault, la manera de confrontar los conceptos no es a partir de su definición teórica, sino a partir de ver cómo operan, qué efectos producen y qué relaciones establecen. Así, Foucault propuso invertir la máxima de Clausewitz a una aseveración más controvertida, pero más apegada a la dinámica social: «la política es la continuación de la guerra por otros medios».
Esa afirmación tenía para Foucault tres implicaciones. Primero, que las relaciones de poder no son abstractas, sino que son el resultado de relaciones de fuerza concretas en un momento histórico determinado. Segundo, que las modificaciones de las relaciones de fuerza relativas al poder, en un sistema político, deberían ser interpretadas sólo como la continuación de la guerra. Y tercero, que la política es la derrota de una forma de hacer la guerra y la última batalla sería el fin de la política y suspendería el ejercicio del poder como guerra continua.
Dichas cuestiones deben responder a una serie de cuestionamientos. Así, desde el punto de vista foucaultiano serían cinco los postulados clásicos sobre el análisis del poder que deben ser negados y replanteados: 1) el de propiedad (el poder es algo que poseen las clases dominantes). 2) el de localización (el poder se encuentra contenido en el Estado). 3) el de subordinación (el poder está subordinado a estructuras económicas). 4) el de los modos de acción (el poder como algo que reprime pero que no produce) y 5) el de legalidad (el poder del Estado se expresa mediante la ley).

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I
La política tuvo que buscar la continuación de las relaciones de dominación ganadas en la guerra. La política entonces deja de ser el arte del gobierno del Estado para adquirir una función bien distinta, que dicha política mantenga las relaciones de dominación previamente establecidas. El poder político surgido de la guerra tiene la función de sostener las relaciones de poder y dominación que se daban en ella y que conducen a la posibilidad de que la política sustituya la guerra, con la condición de perpetuar, las ventajas adquiridas durante el conflicto.
Otra alternativa sería la de guerra-represión. Se podrá advertir que nos encontramos frente a la potente conjetura de que el mecanismo del poder sería la represión y el fondo de la relación de poder sería el enfrentamiento belicoso de las fuerzas. La hipótesis represiva se encuentra anclada en una tradición según la cual el poder es restrictivo, negativo y coercitivo. Eso supone que el poder se ejerce y sólo existe en acto. Además así, el poder es esencialmente lo que reprime. En esa hipótesis el papel del poder político sería reinscribir perpetuamente una relación de fuerza por medio de una especie de guerra silenciosa. Vale decir que la política sería la sanción del desequilibrio de fuerzas manifestado en la guerra y entonces, también las luchas políticas, los enfrentamientos con el poder por el poder, las modificaciones de las relaciones de fuerza en un sistema político, no deberían interpretarse sino como las secuelas de la guerra.
En el sistema democrático, cada una de sus instituciones reproduce las tácticas y las estrategias para seguir con las formas de dominación. Así el derecho, porque es necesaria la existencia de un sistema de normas con carácter impositivo que permita sostener las desigualdades y las exclusiones dentro de un orden de legitimidad. El derecho se convierte en el instrumento necesario de la política para restablecer el orden de estabilidad social y de deber ser surgidos en el momento del cese de hostilidades.
Pensar las relaciones de poder en estos términos es una manera de confrontar la vieja tesis de la filosofía del siglo XVIII según la cual el poder se articula como derecho originario que se cede y constituye la soberanía. La teoría jurídica clásica del poder, considera a éste como un derecho similar a un bien –que sería todo aquello que satisface una necesidad y por el que cualquiera está dispuesto a pagar un precio-, que se puede transferir o enajenar mediante un acto fundador de derecho. El poder sería el poder concreto que todo individuo posee y que cede para constituir una soberanía política. La constitución del poder político se hace, así, según una operación jurídica que sería del orden del intercambio contractual. El poder así constituido corre el riesgo de hacerse opresión cuando va más allá de los términos del contrato.

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[sigue]

miércoles, 4 de marzo de 2015

Rosset, post-scriptum.



Nota bene sobre Wittgenstein:

Aunque Wittgenstein deseaba una filosofía 'compuesta enteramente de chistes', Rosset admiraría en el austríaco [ver el post-scriptum] su extraordinaria resistencia a la evidencia, a la evidencia aparente que aparece tan evidente que no se podría poner en duda.

Si el filósofo, dice Rosset, es aquel que se asombra de todo y duda de todo, como Sócrates que detiene a los paseantes para preguntar por ejemplo al juez si sabe lo que es lo justo, Wittgenstein sería de los que tropieza con los problemas más simples, aquellos cuya enunciación parece contener de antemano una respuesta. En Wittgenstein, todas las respuestas serían puestas en duda y ninguna cuestión sería verdaderamente resuelta. Es la evidencia misma la que ya no encontraría lugar en el edificio filosófico.

Wittgenstein, según Rosset, a partir del momento en que una proposición parece evidente, se interrogaría sobre su sentido y se daría cuenta de que este sentido no se explica en absoluto por el hecho de que esta proposición vehicularía simplemente una verdad evidente. La prueba es que siempre logra imaginar un caso en el que la proposición más manifiestamente verdadera deja de ser válida tras haber imaginado un contraejemplo o haberla llevado a una situación absurda. Pero esa afinidad de Wittgenstein con el razonamiento lógico o matemático estima Rosset que estaría al servicio de la filosofía, al servicio de la lucha filosófica contra las falsas evidencias, contra el conjunto de las proposiciones razonablemente enunciables. Pues no habría evidencia que no fuese sostenida por un lenguaje que la expresase y este lenguaje siempre causaría problemas. Cualquiera que fuese la proposición contemplada, Wittgenstein le opondría el problema de la significación en general. El lenguaje es nuestra herramienta cotidiana, sabemos más o menos cómo procede en cada caso, pero ignoramos lo que lo hace funcionar en general pero, a la vez, que no logremos comprenderlo. Hablar sin comprender, entonces, sería la paradoja central del pensamiento de Wittgenstein, de acuerdo con Rosset.

Wittgenstein demostraría con los usos que se hacen del lenguaje su existencia, pero no demostraría en qué consiste el lenguaje y cómo puede definirse. O más bien, considera Rosset, que tendería a establecer que para el hombre no hay comprensión del lenguaje. Porque el lenguaje se confundiría con su propio funcionamiento y escondería allí su secreto. Lo que se expresaría en el lenguaje sería un pensamiento general y colectivo más bien, pero no expresaría una verdad análoga a las demás verdades. Es por ello que podemos conocer tal o cual verdad, pero no la verdad, y aún menos el sentido único que elucidaría lo que hay de verdadero en todas las proposiciones diferentes. Pues hay tantos sentidos como verdades expresables y proposiciones para enunciarlas.