sábado, 24 de mayo de 2014

Krisis? What Krisis? [y III].


La cesación que padece la teoría se ha convertido en problema crucial. La desmoralización del pensamiento amenaza con trocarse en parálisis. El mundo científico no tiene trazas de estar en condiciones de ofrecer una respuesta.
Donde la vida académica no se reduce aún a desierto cultural, los impulsos de investigación han rehuido el dilema teórico desviándose hacia la arqueología cultural. Con todo, los yuppies del espíritu dicen más de lo que saben acerca del estado de la realidad social. Aquí, como escribió Ortega y Gasset, estamos demasiado obligados a convencer y a concretar: o se hace ciencia, o se hace literatura, o se calla uno.
Sin embargo no hay por qué prorrumpir en lamentos pesimistas acerca del porvenir de la cultura cuando se reducen las subvenciones para proyectos de investigación que de todos modos en su mayor parte son o bien absurdos o bien constituyen un peligro público. Ni merecen demasiada compasión aquellos universitarios que sobreviven, por mero apego empedernido a su estamentista respetabilidad profesional, ocupando plazas provisionales que les proporcionan unos ingresos equivalentes a las ayudas de asistencia social. [No se deberían malentender estas observaciones como expresión de un resentimiento antiacadémico. Tampoco es ninguna vergüenza, dice Kurz (*), que alguien que se haya licenciado o doctorado, se busque la vida trabajando en la universidad].
Pero si, a decir de Beuys o Warhol, todos somos artistas, entonces ya nadie lo es. Y eso mismo vale para la ciencia. Así como la ciencia presupone una distancia frente a sus objetos, la superación de la constitución fetichista de la ciencia presupone una metadistancia frente a la ciencia misma. Por ello el foco de innovación teórica no puede ya surgir -si es que pudo alguna vez- dentro del comercio intelectual oficial.
Con respecto a los intelectuales después de la lucha de clases, añade Kurz, que la crisis del trabajo abstracto, que presupone una clase y un pueblo correspondientes, se ha expresado en la existencia social de la intelligentsia, al igual que la crisis de contenidos de la ciencia es a la vez su crisis institucional.
Cuando los ‘intelectuales’ mismos se convierten en pueblo, ya ni son intelectuales ni el pueblo es pueblo.

 


(*) A.A.V.V.- El absurdo mercado de los hombres sin cualidades. 2ª edición, febrero 2014. Ed. Pepitas de calabaza. Logroño.


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jueves, 22 de mayo de 2014

Krisis? What Krisis? [II].


La elaboración de teorías con pretensiones explicativas ha pasado de moda. Cualquiera que ose expresar un pensamiento coherente, una tesis de crítica social, una reflexión que se sitúe por encima de la democracia y el libre mercado, se hace sospechoso. El aparato teórico conceptual es visto como un incordio, y así, se podría hablar casi de una desconceptualización de las ciencias humanas y sociales, que forma parte de la fenomenología de una época que ha llegado al final de la que fue hasta ahora historia de las teorías.
No carece de ironía que precisamente de ese modo se derrumbe el viejo muro que separaba a la filosofía de la vida y al espíritu de la sociedad. Se trata del universal impulso, esencial al capitalismo, de vender todo lo que sea vendible. En una economía global de casino, el espíritu se convierte en filosofía ludópata para uso doméstico de la máquina dineraria automatizada.
Frente a ello harían falta, desde luego, nuevos conceptos o cuando menos un nuevo uso de los conceptos viejos, en resumen, una nueva teoría que reaccionara ante los cambios sociales y formulara una crítica de la sociedad que corresponda al nuevo terreno histórico. Si la teoría no se atreve ya a mostrarse en público sino andando de puntillas, tan lastimoso estado tal vez se deba a la ‘muerte’ del marxismo. Con el desmoronamiento de los conceptos marxistas se desmorona la conceptualidad de la teoría en cuanto tal, porque el marxismo parecía ser la ‘sublimación’ de la herencia de la filosofía. Ahora, en cambio, este punto de referencia, sea positiva o negativa, parece desvanecerse sin dejar rastro. Pero, como escribe el anterior responsable de Krisis Robert Kurz (*), quizás el judío alemán Karl Marx haya sido enterrado esta vez con más precipitación que nunca…
Hay que salir a tientas del laberinto de la modernidad, guiándonos por la crítica radical marxiana de la mercancía y del dinero. En Marx mismo, el plano inmanente de la teoría está continuamente relacionado con la crítica radical del valor en cuanto tal valor. El problema, continúa Kurz, no era el valor o la forma social de la mercancía, sino únicamente la plusvalía impuesta desde el exterior. El concepto de fetichismo sería la categoría central de crítica, ascendiendo desde el fetiche-mercancía al fetiche-dinero. Hacer reconocible mediante una crítica el propio fetiche del trabajo. El problema ya no es la explotación en la forma valor, sino el trabajo abstracto mismo, esto es la utilización abstracta y empresarial del ser humano y de la naturaleza. El ‘trabajo’ ha perdido toda dignidad, no sirve ya sino para asegurar, a un coste cada vez más ruinoso, la continuidad del sistema capitalista globalizado.
La economía de mercado y la democracia occidental, como formas fenoménicas del fetichismo moderno, ya no son prácticamente capaces de integrar a la inmensa mayoría de la humanidad.


(*) A.A.V.V.- El absurdo mercado de los hombres sin cualidades. 2ª edición, febrero 2014. Ed. Pepitas de calabaza. Logroño.

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lunes, 19 de mayo de 2014

Krisis? What Krisis? [I].


El capitalismo está tocando a su fin. El actual estado de cosas no significa el triunfo definitivo de la economía de mercado, sino un paso ulterior hacia el ocaso de la sociedad mundial de la mercancía. Esta era una de las tesis de Krisis.
El desarrollo del capitalismo, con la disolución de todas las cualidades que parecían indisolublemente ligadas a las personas, tiende a desvincular las funciones de los individuos empíricos. Como reseña A. Jappe (*), a través de los conceptos marxianos de ‘fetichismo’ y ‘valor’, se puede describir la transformación de la actividad humana concreta en algo tan abstracto y puramente cuantitativo como es el valor de cambio, encarnado en la mercancía y el dinero. El fetichismo no es solamente una ilusión o un fenómeno de conciencia sino una realidad que consiste en la autonomización de las mercancías que siguen solamente sus propias leyes de desarrollo. El verdadero escándalo, pues, es la transformación de un objeto concreto en una unidad de trabajo abstracto y luego en dinero.
El proletariado, como grupo social basado en idénticas condiciones de trabajo, de vida y de conciencia, no fue el producto principal del capitalismo sino más bien un residuo feudal. Con su lucha por integrarse plenamente en la sociedad capitalista, el proletariado en verdad ha ayudado a ésta a desplegarse y a alcanzar su plena realización.
El concepto de lucha de clases era en el fondo una teoría de la liberación del capitalismo de sus residuos precapitalistas, mientras que es en la teoría del valor y del fetichismo donde Marx anticipó una crítica que sólo hoy adquiere verdadera actualidad.
El movimiento obrero ha confundido siempre el capitalismo con lo que no era más que una etapa determinada de su evolución. Las luchas de clases eran conflictos de intereses que se desarrollaban siempre dentro del horizonte de la sociedad de la mercancía y sin ponerla en cuestión. No podía ser de otra manera porque el capitalismo se encontraba todavía en su fase ascendente y no había desplegado aún todos los potenciales que representarían un progreso efectivo respecto de los estadios precapitalistas. Es con la informatización cuando este desarrollo entra definitivamente en crisis, y no en un aspecto particular, sostiene Jappe, sino en el más central, que es la contradicción insoportable entre el contenido material de la producción y la forma impuesta por el valor.
La simultaneidad de la crisis económica y ecológica, resulta ser consecuencia del hecho de que unas capacidades productivas más elevadas que nunca deben ser tamizadas por la forma abstracta del valor y de la capacidad de transformarse en dinero.
Con todo no se demuestra la superioridad de la economía de mercado, sino que se evidencia que a causa de la necesidad de un empleo cada vez mayor de tecnologías para poder producir a un coste competitivo, los excluidos acaban en la miseria.
La democracia entendida como igualdad y libertad formales, ya está realizada y coincide con la sociedad de los 'hombres sin cualidades'. Al igual que las mercancías, todos los ciudadanos son medidos por el mismo rasero; son porciones cuantitativas de la misma abstracción. El que luego todas las porciones sean iguales es imposible para las mercancías y, por consiguiente, también para la democracia capitalista. Es inútil seguir exigiendo más democracia.


(*) A.A.V.V.- El absurdo mercado de los hombres sin cualidades. 2ª edición, febrero 2014. Ed. Pepitas de calabaza. Logroño.

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lunes, 12 de mayo de 2014

Pisa inclinada o sesgada.

Los informes PISA tienen su talón de Aquiles en el sesgo económico que el organismo encargante (a empresas multinacionales con ánimo de lucro), la OCDE, potencia. La lógica de la OCDE, y por tanto la de sus informes, es la de la competitividad económica y mercantil. 
Como advierte al respecto la profesora malagueña Carmen Rodríguez, se invierte en capital humano para reducirlo a rendimiento de trabajo y competencia entre estudiantes. 
Es preferible que la evaluación se hiciese por organismos como la Unesco que con el objetivo de mejorar la educación puede más adecuadamente valorar la formación más integral y democrática de los ciudadanos.
Y es que habría que tener en cuenta que, en democracia, hay aspectos mucho más importantes que la mejora del empleo para la educación pública, como explica el profesor Meyer, uno de los firmantes del último escrito crítico sobre PISA: el desarrollo moral, creativo y artístico; la participación cívica, la salud e incluso la felicidad.

[de El País, 09/05/2014]



jueves, 8 de mayo de 2014

La crítica del valor [y II].

2)
Estamos presenciando el fin de una larga época histórica en que la actividad productiva y los productos no sirven para satisfacer necesidades, sino para alimentar el ciclo incesante del trabajo que valoriza el capital y del capital que emplea el trabajo. Categorías que no forman parte de la existencia humana.
Confirmada la naturaleza nihilista de la sociedad capitalista (y tratando de la cuestión del nihilismo, la noción de lo ‘negativo’ y de su papel en la crítica social puede llegar al rechazo de todo lo existente), la indiferencia hacia cualquier contenido, subordinado a la mera cantidad de valor, no sólo explica por qué este sistema tiene que devastar necesariamente a la naturaleza y al hombre.


El fetichismo de la mercancía [W. Benjamin] es una forma a priori, un código simbólico inconsciente, previo a toda forma posible de acción y de pensamiento. El capitalismo crea unos sujetos que ven en el mundo entero unos simples medios para realizar sus propios intereses. Esta relación puramente instrumental con el mundo ya no se puede reducir a ninguna estructura de clase social.
Lo desconcertante del actual declive mundial del capitalismo es el hecho de que la actitud destructiva hacia los seres humanos y hacia la naturaleza no parece obedecer ya ni tan siquiera a criterios de rentabilidad.
Se ha dicho [Z. Bauman] que la economía actual nos lleva a una transformación progresiva de la humanidad en residuos humanos. La humanidad misma se torna superflua cuando ya no es necesaria para la reproducción del fetiche-capital. Hay cada vez más personas que ya no sirven para nada, ni siquiera para ser explotadas.
La “crítica del valor” de Robert Kurz y otros pensadores que estuvieron aglutinados alrededor de la revista Krisis, afirmaba que el capitalismo no constituye un estadio insuperable de la humanidad.
Hay, sin embargo, buenos motivos para insistir en la necesaria autonomía de la teoría. Si no estuviera permitido pensar más que aquello que se pueda traducir a acción ‘práctica’, sería imposible formular un pensamiento radical.
Como nos indica Anselm Jappe:
La lucha de clases no ha sido otra cosa que el motor del desarrollo capitalista y jamás podrá conducir a su superación.
La democracia no es el antagonista del capitalismo sino su forma política, y ambos han agotado su papel histórico”. (*)


(*) Jappe, A. et al.- El absurdo mercado de los hombres sin cualidades. 2ª edición, febrero 2014. Ed. Pepitas de calabaza. Logroño.

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jueves, 1 de mayo de 2014

La crítica del valor [I].


1)
Ninguna dialéctica histórica garantiza el paso del capitalismo a una sociedad emancipada.
La producción capitalista de mercancías contiene, desde el inicio, una contradicción interna. No se puede hacer fructificar el capital ni, por tanto, acumularlo, si no es explotando la fuerza del trabajo. Pero el trabajador, para que pueda generar beneficios debe estar, hoy en día, equipado de tecnologías punteras. De ahí resulta una carrera empresarial dictada por la competición por el empleo de las tecnologías. Pero el sistema entero sale perdiendo, dado que las tecnologías reemplazan al trabajo humano. El valor de cada mercancía particular contiene una porción cada vez más exigua de trabajo humano, que es, sin embargo, la única fuente de plusvalía y, por tanto, de beneficio. El desarrollo de la tecnología, por lo tanto, reduce los beneficios en su totalidad.
Desde los años setenta del último siglo los aumentos de productividad posibilitados por la microelectrónica han llevado el capitalismo a la crisis. La crisis equivale a la progresiva imposibilidad de que el sistema siga funcionando y a la espera de un gigantesco derrumbe de los mercados financieros e inmobiliarios. La lucha cada vez más encarnizada por los restos de ese sistema, ha traído consigo un empobrecimiento de las clases medias.
Hacían falta unas inversiones cada vez más exorbitantes para hacer trabajar a los pocos trabajadores que se mantenían a la altura de los niveles de productividad del mercado mundial. La acumulación real del capital amenazaba con detenerse. En este momento despega el ‘capital ficticio’. El crédito no es más que un anticipo sobre los beneficios que se esperan para el futuro. Pero cuando la producción de plusvalía por la economía real se estanca, sólo los negocios financieros permiten a los propietarios de capital obtener los beneficios que se han vuelto imposibles de conseguir en la economía real.
La revolución microelectrónica ha acelerado el agotamiento de la dinámica de acumulación de capital. Sólo el recurso cada vez más masivo al ‘capital ficticio’ de los mercados financieros ha impedido que esta crisis de la economía real llegara a explotar.
A partir de 1980, el neoliberalismo fue la única manera posible de alargar un poco más la vida del sistema capitalista, cuyos fundamentos nadie quería cuestionar seriamente. Gracias al crédito, muchos lograron conservar una ilusión de prosperidad. Ahora ese sostén se ha quebrado también y no queda ya bastante dinero ‘real’ a disposición de los Estados.
Lo que está poniendo en peligro a la economía mundial son los mecanismos malsanos de una finanzas que escapan a todo control.


(…)