jueves, 30 de mayo de 2013

El Origen: Gran Reserva.



[Gran Reserva eso sí, Thomas Bernhard]



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Sabemos que las palabras sólo significan lo que llegan a significar en el contexto histórico en que se usan y la mayoría de las veces ese significado tiene su margen de ambigüedad a causa de los frecuentes cambios semánticos que se producen al usarlas de forma dispar, como explicaba John Weightman.

Todos tendemos a pensar que el lenguaje que hablamos nos pertenece, como si su ser fuese simultáneo al nuestro. Pero por supuesto hemos nacido sin él, y lo hemos ido absorbiendo de la sociedad. La facultad humana innata es la potencialidad de usar el lenguaje, pero la lengua específica es una prótesis, que en realidad usamos condicionada históricamente.

Por otra parte, cualquier uso del lenguaje puede considerarse una traducción, en el sentido de que es la representación simbólica de una porción de las infinitas posibilidades existentes y es necesariamente reduccionista, decía también Weightman, porque el reduccionismo es la esencia del lenguaje. La diferencia entre una buena y una mala expresión lingüística es la diferencia entre una reducción concisa y acertada y una reducción imprecisa y flácida.



 Una expresión lingüística en absoluto flácida, en absoluto imprecisa, la tenemos en Bernhard, ese maestro que viene de Austria y que, incluso en textos de su primera época, como el que nos ocupa, da muestras de un virtuosismo verbal exclusivo, semánticamente impecable y con un ajuste preciso entre fondo y forma.

Con una escritura que, remedando a Foucault, recorre el cuerpo de los demás, le hace una incisión, levanta los tegumentos y las pieles, trata de descubrir los órganos y, al dejar los órganos al descubierto, hace que aparezca por fin el foco de lesión…

Método idóneo para, en este caso, forjar uno de los escarnios más demoledores contra una ciudad. Una ciudad perversa que, aun estando en el libro suficientemente identificada, simboliza, y de ahí su ilustración, cualquier ciudad europea provinciana y pequeñoburguesa de la segunda mitad del  siglo XX que ya hemos calificado en otro lugar como ‘ciudad levítica’.

Nunca habíamos encontrado una diatriba ciudadana tan ejemplarizante para conocer, y comprender, la estructura que sustenta, condiciona y esclaviza, un sistema urbano en un momento histórico determinado.


Dejemos que hable Bernhard de esa “ciudad infame, azotada por la lluvia”.





- Esa ciudad -


“La ciudad, poblada por dos clases de personas, los que hacen negocios y sus víctimas, sólo es habitable de forma dolorosa, una forma que turba a cualquier naturaleza y con el tiempo la disturba y perturba y, muy a menudo, sólo de forma alevosa y mortal.

Quien se ha criado en esa ciudad, tiene de esa ciudad y de las condiciones de existencia en esa ciudad un recuerdo, más bien triste y más bien oscurecedor, pero en cualquier caso funesto.


Las condiciones meteorológicas extremas, que enferman siempre a las personas que viven en ella, por una parte, y la arquitectura, por otra, engendran una y otra vez a esos burgueses de nacimiento o llegados de fuera que, entre sus muros fríos y húmedos, se entregan a sus estúpidas terquedades, absurdidades, barbaridades, asuntos brutales y melancolías, y constituyen una inagotable fuente de ingresos para todos los médicos y empresarios de pompas fúnebres posibles e imposibles.

  Los imbéciles habitantes que existen y, de año en año, se multiplican aturdidamente en ese paisaje y esa naturaleza y esa arquitectura, y sus leyes viles, han matado siempre enseguida mi reconocimiento y mi amor por esa naturaleza (famosa) que es una maravilla como paisaje, y por esa arquitectura (famosa), que es una obra de arte.


Durante años la ciudad no fue más que un montón de escombros que apestaba dulzonamente a descomposición, y en el que, como por escarnio, habían quedado en pie todas las torres de  las iglesias. El olor de la descomposición flotó todavía durante tiempo sobre la ciudad, bajo cuyos edificios reconstruidos, por razones de simplicidad, se había dejado a la mayoría de los muertos.


La ciudad es una fachada pérfida  y detrás de la cual lo (o el) creador tiene que atrofiarse y pervertirse y morirse lentamente. Todo en esa ciudad está en contra de lo creador y  la hipocresía es su fundamento. Si no hubiera podido dejar atrás a esa ciudad que sofocó la sensibilidad y el sentimiento, que aniquila a las personas creadoras, hubiera dado ejemplo matándome súbitamente  o pereciendo lenta y miserablemente entre sus muros y en su atmósfera que provoca la asfixia y nada más que la asfixia.


La ciudad es para quien la conoce una enfermedad mortal, con la que sus habitantes nacen y si en el momento decisivo no se van, se suicidan súbitamente, directa o indirectamente. No es una desilusión sino un espanto y tiene para todo, sus argumentos de muerte. Es un cementerio en la superficie hermoso, pero bajo esa superficie en realidad horrible, de fantasías y deseos.


La ciudad no es ya una hermosa naturaleza y una arquitectura ejemplar sino nada más que una impenetrable maleza humana, hecha de abyección y vileza. Y cuando hoy voy por esa ciudad y creo que esa ciudad nada tiene que ver conmigo, porque no quiero tener nada que ver con  ella, porque desde hace ya tiempo no quiero tener nada que ver con ella, sin embargo todo lo que hay en  mi interior (y en mi exterior) viene de ella, y yo y la ciudad somos una relación perpetua, inseparable, aunque también horrible.”





Thomas Bernhard (1975).- El origen.[Ed. castellana de 1984]. Ed. Anagrama. Barcelona.


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