sábado, 31 de marzo de 2012

La conquista del espacio (y II)

II
Se predica que en Wright existió una preocupación ética por las instituciones (familia, ciudad, estado) y por la relación del hombre libre con ellas, pero, añadimos, sólo dentro de un conservadurismo burgués bien entendido. Así C. Rowe subraya que las casas de la pradera fueron experimentos en un proceso seguido con coherencia infalible y con una afirmación plástica como respuesta a cuestiones relacionadas con el modo de vida americano. La organización anticlásica orgánica como iniciativa individual basada en la libertad frente a cualquier conformismo y cualquier sistema normativo. Wright, aunque se movía en ambientes filantrópicos y pseudoprogresistas, pero privilegiados, de Chicago, fue designado sin embargo intérprete idóneo de la sociedad aristocrática suburbana que propugnaba lo anterior. Fue un arquitecto que trabajó en el seno de la comunidad para renovar la residencia no para intervenir en la ciudad. Lo que no se podía reconquistar en la metrópoli se podría adquirir en el espacio doméstico. Una metrópoli entendida ya entonces como caos antinatural a la que se contrapone la naturaleza, fundamento de la democracia neojeffersoniana. Oak Park entonces, subcomunidad no planificada, área natural, fue la referencia para la vida asociada de unos clientes sin relación con el ambiente cultural urbano de Chicago, clase media alta de negociantes no intelectuales a los que sólo interesa que Wright les proponga un modelo de vida distinto al margen de la ciudad. Pero a pesar de sus contactos con una cierta intelectualidad urbana de Chicago, a Wright no le interesó un modelo de vida ideal, sino una aceptación pasiva de la periferia. Y Wright se encuentra entonces entre la sociedad intelectual con implicaciones culturales de Chicago, a la que rinde tributo personal y el clan familiar, expresión de los contactos humanos en la subcomunidad de Oak Park, a costa del que vive por sus encargos profesionales. Tarde comprende que sociedad y clan no pueden tener relaciones. Y así nos lo evidenció la crítica arquitectónica italiana de cuño marxiano en los setenta.
Wright, al que acabaremos asignando los versos de Canto a mí mismo de Walt Whitmann, citados al respecto por Tafuri: ‘¿Me contradigo?/ Muy bien, sí, me contradigo/ (Soy amplio, contengo multitudes)’, a pesar de crear bellos artefactos que abrieron caminos arquitectónicos insospechados, en ningún momento habría captado la necesidad de un crecimiento orgánico de la ciudad, por consiguiente acabará rechazando la realidad de Oak Park que había finalizado creciendo y que se había integrado como límite de la misma. Oak Park es ciudad y además es arrollada por la gran ciudad. Los mitos de la casa de campo cercana a la urbe, el clan seleccionado y unido y la vida libre e independiente, chocan con la realidad urbana. Además la ideología agraria y patriarcal, sintetizada en su Casa-estudio y en la Iglesia Unitaria, no sirve cuando el barrio residencial no puede hacer realidad el sueño de la fusión individuo-comunidad [oportuno sería recordar, a propósito, a David Mamet (reseña de J. Navarro en Babelia El País 20/05/95 de ‘Esa gente tranquila’) que se refirió a ello, ‘…la comunidad perfecta y pacífica: que nunca tus vecinos sepan como piensas, ni siquiera tu mujer’].
El propio equilibrio de Wright tiende a romperse, su casa-estudio, remedada sin parangón en trasunto postmoderno por R. Venturi en los 60, no le sirvió de bachelardiano refugio. Su crisis formal coincide con su crisis personal. En 1909 tras finalizar la casa Robie, obra maestra y verdadero canto del cisne de la primera edad de oro de la arquitectura wrightiana, construida fuera de Oak Park en terrenos hoy de la Universidad de Chicago (relativamente cercana ahora al Instituto de Energía Nuclear donde Enrico Fermi trabajó en al bomba atómica), Wright abandona a su familia y huye a Europa con la mujer de un vecino suyo.

  F. LL. WRIGHT. Dibujo de la Casa Robie.

Por su experiencia personal y con una raíz filosófica diferente a la continental, cuando en Europa fue reconocido el legado de su primera época y admirada su obra por la vanguardia europea, Wright, cual Picasso, desplazará sus concepciones arquitectónicas a otros focos de interés para él. Volverá a USA y deberá recomenzar desde el desierto su nueva travesía, en Taliesin. 

 F. LL. WRIGHT. Dibujo previo de la Casa de la Cascada.
(© 2009 The Frank Lloyd Wright Foundation)
 

 
F. LL. WRIGHT. Dibujos previos para el Museo Guggenheim, N.Y.
(© 2009 The Frank Lloyd Wright Foundation)

Aunque eso, ya es otra historia. La historia de, como dijo de él Mies van der Rohe, que acabó más tarde construyendo también en Chicago [Vide Neumeyer, F.- 'La palabra sin artificio'. El Croquis Ed. Madrid, 1995]: ‘un hombre extraño de corazón vigilante’.
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miércoles, 28 de marzo de 2012

La conquista del espacio (I)

[Hemos restaurado el título de estos artículos ya que el utilizado en otras ocasiones (Curado de espacio) tenía resonancias apropiadas a otros blogs, tanto como ‘curado de espanto’ o como ‘curado despacio’].

I
Un reconocido paradigma de la creación de espacios y de su moderna formalización con una potencia no fácilmente igualada, fue sin duda Frank Lloyd Wright , quién también tuvo sus cabañas.
En la amplia bibliografía conocida hay muchos elementos contradictorios en la naturaleza y en el arte de F. L. Wright. ‘Puede parecer un romántico en el presente pero está destinado a ser un clásico en el futuro’, dijo de él tempranamente su crítico constante H. R. Hitchcock.
Siempre centró su interés por parecer autodidacta, por lo que intentó borrar sus huellas previas. Pero son fácilmente detectables. Su supuesta educación arquitectónica autodidacta no esconde, por utilizar una terminología tan cara a T. S. Eliot, toda la tradición anterior pero, en su caso también, su inmenso talento individual.
Frente a una adscripción al estilo École des Beaux-Arts, para el que estuvo particularmente bien dotado, se decantó por el de la Escuela de Chicago con L. Sullivan, un arquitecto con un orden estético muy personal que no admitía influencias de poco porte. Estando trabajando como primer dibujante en el estudio de Sullivan, comenzó a recabar encargos bajo mano de clientes del estudio, lo que él denominaba ‘casas de contrabando’. Así, sedujo a una cliente y consiguió dos cosas, hacerle él, independientemente del estudio, la vivienda y que Sullivan, cuando se enteró, le despidiese inmediatamente del trabajo por competencia ilícita, bien como cautivador o bien como arquitecto.
Autónomo entonces, vivió y trabajó, desde la última década del XIX, en Oak Park, área suburbana de Chicago entonces en desarrollo. Tras nuestra visita realizada por sus obras allí construidas, las casas de la pradera, su propia casa-estudio y el templo unitario, reproducimos las reflexiones y comentarios arquitectónicos generados en la misma.
Las “Prairie Houses” se nos cuentan como una renovación de la arquitectura americana. No dejan de ser arquitecturas domésticas con claros antecedentes en la arquitectura autóctona inmediatamente anterior. Siguen la tradición de las viviendas unifamiliares americanas aunque con espacios más abiertos y fluidos pero, efectivamente, con diseño e impacto psicológico diferente a las anteriores. Un filón romántico del pensamiento orgánico: ‘The nature of materials’, remedan los estudiosos, como el citado Hitchcock. La continuidad del espacio y la primacía de lo abstracto como fruto de la manera de pensar tridimensional del paladín de la concepción espacial, Wright. Un espacio fluyente, liberado de la estereotomía y la rigidez volumétrica. Una organización axial mantenida compositivamente con espacios que penetran en otros y con alturas no uniformes a base de niveles superpuestos e intercomunicados con sutiles elementos definidores de la espacialidad, pero controlados y regulados dentro del sistema para producir un incremento, con esquinas eliminadas, de la sensación de espacio sin disminución de la privacidad. Además ese espacio interior se expresa exteriormente con una serena horizontalidad del diseño y una cubierta protectora. En definitiva, a pesar de ser él, Wright, un arquetipo jungiano (dios y demonio, ¿Mefisto?), proyecta formas menos masculinas, más femeninas (arco, laberinto, cueva…) que en la arquitectura doméstica tradicional americana. Pero sobre todo se trataría de viviendas asociadas a su entorno natural, dotadas de dignidad y decoro urbano. Una cierta originalidad y fuerza se refracta en estos edificios de Oak Park que acabaran no obstante generando un predecible manierismo.
Su paradigmática Casa-estudio, continuamente reformada, hereda la memoria de la tradición pero la abre a una nueva libertad espacial. Rotundo ejemplo de lo anteriormente dicho aquí, plantea una apertura del espacio acentuando la unidad. Espacios interpenetrados y articulaciones espaciales: la ruptura del prisma. Y la proyectación de cierto eje compositivo diagonal con desviación diáfana del espacio que, en obras más tardías será el articulador de sus proyectos.


F. LL. WRIGHT. Dos vistas actuales del interior de su Casa-estudio en Oak Park.

Espacio expandido en horizontal con influencias japonesas pero de composición más abstracta. Y donde se resalta la importancia de la chimenea como hogar [debería leerse al respecto el satírico relato de Herman Melville Yo y mi chimenea’. Ed. Barataria. Madrid, 2012]. En definitiva, un lugar de instalación familiar específico pero expansivo, que comunica permanencia y protección.

Su otro hito en la zona fue la  Iglesia Unitaria. De ella escribe V. Scully que resulta ‘única y completa, rica y confiada, acogedora y audaz, pura y sinfónica’. Un edificio de sonido, sí (influencia dicen de la música de Bach y de Beethoven tan apreciados por Wright). Una sala de reunión con galerías laterales resulta un espacio ligero, sin peso. Con perfecta integración, o unidad orgánica, de estructura-masa-espacio.
 Un monolito revestido de mortero de cemento sin símbolos exteriores: montaña sagrada que contiene una profunda caverna, una caja con una cámara secreta donde encontramos la luz. Lo que parecía cerrado se abre, lo que parecía oscuro es iluminado. Formas relajantes para el espíritu que propugnan la proximidad entre los hombres de todos los credos.

F. LL. WRIGHT. Sección de la Iglesia Unitaria.

Entre lo singular y lo múltiple (individuo y comunidad) la integración se va consiguiendo laboriosamente a lo largo del espacio del templo. En su interior los agnósticos evocaríamos entonces como Scully a Wallace Stevens: ‘Lo sublime desciende hasta el espíritu y el espacio’.

F. LL. WRIGHT. Perspectiva de la Iglesia Unitaria.
(© 2009 The Frank Lloyd Wright Foundation)

(sigue)

domingo, 25 de marzo de 2012

Una ciudad de película


Cualquier agencia de viajes te soluciona ya, en un abrir y cerrar de ojos, hasta la peregrinación más peregrina. Para alejarte de la insistente murga de tanto Capone de pacotilla en este país de todos los demonios urbanísticos, qué mejor que visitar en esos días festivos, la ciudad del verdadero personaje, Chicago. 
Aunque como casi no se encuentran allí sus huellas, lo abandonas y decides planear seguir en la ciudad el rastro de otro capo, realizador incluso de casas de contrabando, verdadero lieber Meister de la arquitectura (y piensas entonces que a los tres grandes del siglo XX les ha sobrado con concebir y ejecutar una vivienda, una iglesia y un museo). Pero el legado de Wright en Chicago es fundamentalmente periférico y no comprende esas obras famosas que toda persona mínimamente cultivada es capaz de identificar. 

 
                                   
Así pues, bien pertrechado de lápices, plumas y cuadernos para la aventura y con impedimenta adecuada contra ese frío lacustre tan traicionero, tras un brunch, sales a mediodía del hotel, un hotel de películas, tomas el tren en la estación, una estación de películas, y arribas en media hora al área suburbana de Oak Park para colmar tus expectativas sobre las casas de la pradera. Y en las pocas horas vespertinas de sol que faltan, pasearás un fascinante recorrido de menos de diez kilómetros en un lugar que concentra unos veinte años de actividad y unas veinte viviendas unifamiliares, creación de un verdadero artista cuya imagen no coincide con el personaje de ‘El Manantial’ como se viene sosteniendo. Fue su primera etapa dorada, antes de su primera crisis personal que le condujo a Europa. 

 
De la vivienda hasta el templo, de la familia a la comunidad, de la materia al espíritu, a través del tiempo y del espacio, en amena instrucción peripatética en la cual, no has podido sustraerte, te conviertes tú en guía de la guía oficial que te asignaron, estudiante becaria del I. I. T., que asombrada se prende del discurso (del que prometemos dar cuenta en otro sitio) que vas construyendo con las intuiciones que la mayéutica peregrinación va deparando.


Terminada la cual, cayendo ya la tarde, saturados de emociones artísticas y para intentar reparar tu disimulada soberbia, deberías invitar a tu encantada y encantadora acompañante a cenar una proverbial carne de vacuno en el restaurante de la planta alta del John Hancock Center, uno de los mayores rascacielos de la ciudad, viendo desde allí iluminada toda la inmensa área metropolitana de la urbe y a escuchar, tras pasear por la zona del Chicago Tribune, una sesión de blues en uno de los clásicos garitos de la calle Wabash en el Loop, donde alguna vieja gloria aún te deleita entre el humo y el bourbon, antes de retiraros al hotel.

Mis propuestas fueron aceptadas con complicidad creciente en todos y cada uno de sus términos. Los planes del día siguiente se veían seriamente interferidos, pero la noche se hacía joven y cálida y estaba saliendo la luna. ¿No sería una noche americana?

 2006

jueves, 15 de marzo de 2012

Ciudades in(di)visibles

(No utilizaremos aquí el conocido íncipit 'ab urbe condita' en esta recuperación del NJ).

Escribir de la ciudad desde la ciudad no es lo que suele estilarse en formato papel.
En fechas remotísimas dos maestros de la pluma y del florete nos deleitaban en sus blogs, a propósito de sendas urbes.
Dejó escrito F. de Azúa: “Contaba Robert Kaplan en su bello libro ‘Mediterranean Winter’, la impresión magnífica de los desolados paisajes adriáticos, opalescentes y verdinegros, la lluvia veneciana que lava los mármoles, todo ello desde un café recoleto cuando ningún turista osa asomarse al invierno marino y las olas parecen solfataras. En esos delicados momentos dejas de sentirte como un turista …”. 

 Venecia

Por su parte decía A. Espada: “En la hipótesis de presentarse la oportunidad moderna de viajar a Praga, rechazarla, quedarse leyendo a Egon Erwin Kisch y no coger frío”. 

 Praga 

Venecia y Praga, Praga y Venecia… humanas, demasiado humanas. Y dos vistas no secretas, no invisibles, menos habituales quizás, pero que no cesuran mi aprehensión de ellas. Recuerdos, referencias… desde un café, desde una melodía o desde un libro.

Hubo una época en la que los escritores enfermos bajaban hasta Italia para morir de belleza. Mejor en invierno. Así August Von Platen [al que Thomas Mann retrató tal como era en el cuento ‘La muerte en Venecia’, luego autorreferenciado por Visconti], un cinco de diciembre.  Allí escribió Sonetos venecianos y otros poemas’, su cuaderno de viaje que empieza y termina en el alma, o sea, sin salir de Venecia. En él nos dice lo obvio: “Venecia es sólo un sueño”. Malamente pudo ser inventada por Caín, pese a Azúa.

Hubo otro tiempo de nobles sueños humanos en el que a pesar de su nomadismo y su raro arraigo, Egon Erwin Kisch escribió pronto de su ciudad incisivas crónicas como reportero en los cafés. Sus correrías por Praga aparecieron recopiladas en el libro ‘De calles y noches de Praga’, cuyas páginas revelan los distintos ambientes de una ciudad oculta, invisible para los más, pero bien conocidos, es de suponer, por este periodista furioso. Ese Espada que lee esa ciudad canalla.

Sueño o realidad, “Europa es un espacio de refugio” según Peter Sloterdijk, por ello sus ciudades han acogido a los desterrados hijos de Eva, semitas y  no semitas.
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Ciudades europeas, ¡qué buen oxímoron!
Pero si Praga sería tu mejor amiga y Venecia tu mejor amante, un tanto ajada eso sí, Berlín sería algo como tu mejor mujer, [y también en la tercera acepción ¿sexista? de la academia].
¡Esa sí que sería una ciudad!

C. Alexander nos predicaba que “a city is not a tree”. Claro, la ciudad como árbol no, la ciudad como bosque. “Perderse en una ciudad puede ser poco interesante y hasta banal. Hace falta desconocimiento, nada más. Pero perderse en una ciudad como quien se pierde en un bosque exige un adiestramiento muy especial” dice W. Benjamín en su ‘Crónica de Berlín’ y cita a Franz Hessel como su guía de esa ciudad. 
También nos había dicho en ‘Historias y relatos’ que “para percibir la tristeza que emana de ciudades tan bulliciosas y fulgurantes, tiene uno que haber sido niño en ellas”. Por ello recomienda a Hessel y no a Robert Walser, a pesar de que según W. G. Sebald, en un pequeño bosquejo sobre Walser recién traducido, es Benjamín quién mejor lo comprendió y así elogió la confidente descripción por Walser de una tormenta de nieve un atardecer en Berlín.
Hessel, bastante recordado en nuestros días [asimismo por ser uno de los vértices del triángulo real luego novelado en ‘Jules et Jim’ por otro vértice, su amigo y contrincante amoroso Henri-Pierre Roché y filmado por Truffaut con una Jeanne Moreau (trasunto o remedo de Helen, la mujer de Hessel, recien reseñada en páginas culturales) en estado de gracia, protagonizando algunos planos excepcionalmente bien rodados, que empezaron a convertirla en un icono para una generación].

[google]

Hessel, decíamos, un verdadero flâneur que no se pierde en el laberinto de la gran ciudad, al contrario, se funde con su paisaje con respeto y lo describe con naturalismo, sin alegorías, [o sin el expresionismo de un Döblin], ceñido a la realidad material de la ciudad. Con razón Hessel nos denota Berlín como esta ciudad que siempre está en el trance de convertirse en algo diferente.

He aquí un buen ejemplo de sus ‘Paseos por Berlín’:
“La gran y amplia plaza que está enfrente del palacio, el jardín de recreo, llega hasta la escalera de entrada del antiguo museo y ésta con­duce a una maravillosa isla en el medio de la ciudad. No es sólo topo­gráficamente correcto que esta parte de la ciudad bañada por el agua protectora fuera denominada «la Isla museo». El mundo que comienza aquí con la sala de columnas jónicas de Schinkel es como el jardín de la Academia para el joven berlinés… Pero queremos quedamos en la ciudad y en la calle…  Cuando estas líneas lle­guen a tus manos, tal vez haya culminado la reconstrucción del museo que ha empezado Alfred Messel. Entonces podrás ver montado el mag­nífico altar de Pérgamon con sus dioses y sus gigantes… Pero volvamos, desde estas bellezas lejanas…  La amplia llanura de esta plaza tiene también algo propio de isla y lleno de tranquilidad. De la larga fachada con su amplio portal no se distingue la presencia de nadie, espero que por mucho tiempo. La única ruptura de la tranquilidad en este sereno lugar es la catedral con sus peculiaridades…” 

 Berlín

   

EPÍLOGO:

“El señor K. prefería la ciudad B. a la ciudad A.
-En la ciudad A. -decía- me quieren; pero en la ciudad B. han sido amables conmigo. En la ciudad A. se ponían a mi servicio; pero en la ciudad B. me necesitaban. En la ciudad A. me invitaban a sentarme a la mesa; pero en la ciudad B. me hacían pasar a la cocina.” Bertolt Brecht, ‘Historias del señor Keuner’.
[B. era seguramente Berlín]

POSTDATA:

En el ínterin de esta digresión llega noticia de otra crónica de otra ciudad B. [la que fue residencia de los dos ‘blogueros’ citados up supra]. Se trata de ‘La ciudad mentirosa’ de Manuel Delgado en Ed. Catarata. Pero quizás estas preocupaciones no sean en este presente prioritarias.
Escribir de la ciudad desde la ciudad no es lo que suele estilarse en formato papel.