miércoles, 30 de noviembre de 2011

MEMORIA DE ARQUITECTURA (Ib)



(La memoria de los cimientos)

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La ciudad fue antes urbs que civitas... tiempo en el residir del ser, antes que espacio para el habitar del hombre. El habitar, réplica del construir, implica una atenta relectura del entorno urbano, de las huellas que llevan los monumentos y todos los edificios. Huellas no como residuos, sino como testimonios actualizados del pasado, ausente, que ya no es, pero que ha sido: de todo ello es capaz la ‘piedra’ que dura.
En Occidente se tiene la creencia que los edificios deben ser eternos. Lo antiguo tiene, por tanto, su valor y su sustancia ideal en la piedra. Y un edificio se considera antiguo, sólo si se conserva materialmente durante el tiempo. Por el contrario, una sociedad oriental, como la japonesa, no tiene ese sentido de la permanencia. Ya que, todo lo que no está muerto tiene posibilidad de cambio. Nos lo recuerda Italo Calvino en Colección de arena. La cultura japonesa está en el universo de la madera. Lo antiguo, entonces, es lo que perpetúa su diseño a través de la continua destrucción y renovación de los elementos perecederos. Françoise Choay escribe: ‘Japón, que sólo concebía el arte como algo vivo, conservaba nuevos sus monumentos gracias a su reconstrucción ritual’.
Algo que tendría parangón con lo que ha señalado Simone Weil: ‘la realidad moderna es una realidad de descreación... La descreación consiste en dar el paso de lo creado a lo no creado, mientras que la destrucción consiste en dar el paso de lo creado a la nada’. Lo que perdura, o debe perdurar entonces, es la forma del edificio, y la caducidad de sus partes realza la antigüedad del conjunto. 
      
 Occidente vs. Oriente. [Partenón Atenas – Kinkaku-ji Kioto].

Octavio Paz también resaltó ese principio en la estética japonesa que considera que nada está totalmente terminado y que juega con la idea de lo inacabado y levemente imperfecto como categoría artística. La única forma de poder durar es tener una consistencia maleable.
 O también la tradición japonesa, como vemos en los filmes de Kurosawa, prioriza la construcción en los valles menos luminosos, contrariamente a la tradición occidental que privilegia las cimas de las colinas: oposición ciudad baja y ciudad alta.
 [Podríamos introducir otra variable cultural en lo que estamos diciendo. Según un último estudio de National Geographic sobre Stonehenge, el monumento neolítico estuvo dedicado a morada de los muertos, la piedra con que se construye significaría la mineralización de los cuerpos, por contraposición al material encontrado en un yacimiento vecino, posible asentamiento -morada de vida- de los constructores del monumento, de estructura circular similar pero de madera, materia de vida].


 
 Stonehenge. Amesbury (Inglaterra).

Esa anterior dualidad que pone en cuestión la idea eurocentrista predominante que tiene que ver con la esencia de la conservación en relación con el tiempo y con el lugar, es una idea que puede hacernos continuar reflexionando sobre algunos de los tópicos que se manejan en la protección del patrimonio.
Defender entonces la memoria del lugar es salvaguardar la historia de la ciudad. En efecto, como en nuestra cultura los monumentos de una ciudad antigua que han perdurado son sus cimientos patrimoniales, la ‘memoria’ de la ciudad, su historia, queremos que sea constituida por la memoria de sus cimientos.
El concepto de monumento es específicamente reciente y partiría de Riegl (El culto moderno de los monumentos de 1903). Según Vattimo el monumento estaría concebido para durar, pero no como presencia plena de aquello que recuerda que permanece precisamente sólo como recuerdo.
El sentido original del término es aquello que interpela a la memoria. Y es que a partir de la filosofía de Heidegger la verdad del ser mismo no puede darse sino es en la forma de rememoración. Vattimo se apropia de los conceptos de ‘recuerdo’ (rememoración) y de ‘restablecimiento’ (superación) que expresan la peculiar posición de un pensamiento que ya no es metafísico. La historia de la metafísica, si el soporte de la historia es el olvido heideggeriano, sería la historia del olvido del ser. Acentúa Vattimo la versión nihilista de la rememoración, utilizando el olvido del ser como forma de invalidar el pensar; rememorar es esencialmente recobrarse, las categorías adquieren el ‘valor’ de monumentos, herencia debida a las huellas de lo que en otro tiempo se ha vivido.
Siguiendo esa visión postheideggeriana, de la que Vattimo y también Derrida forman parte, se entiende que en el ‘monumento’ se subliman según Ernesto N. Rogers, en una relación dialéctica de tendencias opuestas, los significados de dos términos verbales latinos, a saber:
- Memini (condensar formalmente la experiencia y su memoria), y
- Monere (representar determinados significados y valores de un grupo social dado).
El monumento recuerda y hace recordar. Y Derrida en Resistencias  nos lo sugiere: ‘… la necesidad innegable de un monumento, es decir de lo que se impone recordando y advirtiendo…’  El monumento es una entidad identificada por su valor y que forma un soporte de la memoria, ya que la memoria necesita referencias, cosas que remitan a la memoria. La condición de monumento alude también a una modalidad de acaecer de la verdad que se caracteriza explícitamente con el doble rasgo de descubrirse y acotarse.
En Alegoría del patrimonio escribe Françoise Choay que el monumento es un dispositivo de seguridad. El monumento asegura, da confianza, tranquiliza al conjurar el ser del tiempo. Garante de los orígenes, el monumento, dice, calma la inquietud que genera la incertidumbre de los comienzos. Desafío a la acción disolvente que el tiempo ejerce sobre todas las cosas, el monumento intenta apaciguar la angustia de la muerte y de la aniquilación. Esta manera de relacionarse con el tiempo vivido y con la memoria constituye  precisamente, para ella, la esencia del monumento.
Desde otra hermenéutica, Vattimo en su El fin de la modernidad, afirma también que el monumento es ante todo un hecho fúnebre destinado a registrar rasgos y recuerdos de alguien a través del tiempo. El monumento no es la obra en la que se identifican sin residuos interior y exterior. El monumento es más bien aquello que dura en la forma de la máscara fúnebre. No es copia de una vida plena, sino la fórmula que se constituye para transmitirse. Ese monumento-fórmula se construye no para ‘desafiar’ al tiempo, imponiéndose en contra, sino para permanecer en el tiempo.

Antiguo cementerio en Malmoe (Suecia).

En todo arte, aquello que alude a la mortalidad, tiene el carácter de monumento. El esfuerzo con el cual el artista trabaja su obra… es una especie de anticipación de la erosión que el tiempo esencialmente ejercita en la obra al reducirla a monumento. Por ello dejo escrito Hölderlin (Odas e himnos): ‘Lo que queda/ lo fundan los poetas’. E insiste Vattimo: no lo que ‘dura’ sino lo que 'queda’, es decir la huella, el recuerdo, el monumento.

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(sigue)


lunes, 28 de noviembre de 2011

MEMORIA DE ARQUITECTURA (Ia)


 La memoria de los cimientos

1
La percepción del espacio patrimonial, que ha formado parte de la memoria colectiva, condiciona los planteamientos de intervención en el mismo. Y a su vez, igual que el Zeitgeist [el espíritu del tiempo] de una época determina el cambio de paradigmas de una disciplina, las concepciones filosóficas de cada periodo histórico han modificado dicha percepción del espacio y por tanto las políticas de intervención en él.
He aquí la tesis: Solamente los enamorados de la ciudad deberían intervenir sobre ella. Y para estar enamorado tienes que saber ver y entender.
Las ciudades, según Italo Calvino, como los sueños, están construidas de deseos y de miedos, aunque el hilo de su discurso sea secreto, sus reglas casi absurdas, sus perspectivas engañosas y toda cosa esconda otra. Por mucho que uno quiera a una ciudad, decía Saramago en una entrevista, a veces por motivos oscuros, por una sombra, una calle, una fuente, esa pequeña ciudad dentro de la ciudad, llega un momento en que los cambios son tan repentinos y bruscos que no te dejan tiempo para acostumbrarte.
 Antes cambiaba como un organismo vivo, con un crecimiento lento, casi imperceptible. Ahora cada ciudad se va pareciendo a todas las ciudades, los lugares intercambian forma, orden, distancias, un polvillo informe invade los continentes. En muchos casos tendríamos que balbucir parafraseando a Thomas Bernhard: ‘Estoy en la cima de la montaña y miro a la ciudad infame, azotada por la lluvia...’.

 

La ciudad histórica, antigua y moderna, se ha querido prefigurar, utilizando una imagen recurrente, como una colección de fragmentos de diferente historicidad e identidad, un palimpsesto (ese manuscrito antiguo que conserva huellas de una escritura anterior borrada artificialmente o ese yacimiento arqueológico que presenta mezcla de estratos, impidiendo saber cuál es el superior y cual el inferior).
En ese sentido, escribe Fernández Alba que la ciudad es como un archipiélago de recintos imaginarios... que nos ofrece los sedimentos de otras ciudades que antes existieron. 

O puede verse, [pace Jünger], como una colonia de arrecifes de coral que crece sobre lo existente. El devenir de las mareas permitiría apreciar, el número de estratos, de colores cambiantes y arquitectónicamente variados, de los que la naturaleza se sirve para construir la barrera coralina, amasando esqueletos de antozoos madreporarios.
Cita Bonet Correa: ‘Cada época nos refleja la ciudad que ha vivido o soñado’. Como si en la ciudad algunos quisieran descubrir sus pentimentos [o alteraciones en un cuadro que manifiestan el cambio de idea del artista sobre aquello que estaba pintando].
Podríamos incluso nosotros, plantear la ciudad como un palíndromo (esa palabra o frase que se lee igual de izquierda a derecha, que de derecha a izquierda), su lectura debe ser la misma desde el presente al pasado que desde el pasado al presente.
Esta última lectura sería la propiciada por la memoria, la memoria de los cimientos.

Es importante desde el principio diferenciar entre espacio urbano y espacio social: aunque desde luego el espacio social posee una dimensión urbanística. Precisamente nuestra época está experimentando, independientemente de los cambios urbanístico-arquitectónicos, transformaciones radicales del espacio/tiempo social, señala Castro Nogueira en La risa del espacio. E insiste en la imposibilidad de separar ambas dimensiones. Es como si los espacios [imágenes dialécticas según W. Benjamin] segregasen su propia temporalidad ensimismada. No olvidemos que los lugares son sitios donde suceden las cosas. Y el lugar, también, es un intervalo que hay que recorrer.
La ciudad se mantiene, conservando sus edificios pero también la memoria de sus texturas, de sus sensaciones, de sus sugerencias, de sus imágenes... y cualquier pérdida en este sentido tiene que ser tenida como muy grave.
Hasta una pequeña ciudad, o un paisaje, poseen sus murmullos temporales más o menos irreductibles. Lo mismo que sucede con nuestras imágenes de la memoria, sólo recordamos su envoltorio espacio-visual sin las tramas valorativas y afectivas; ocurre cuando contemplamos un monumento de la antigüedad o nos desplazamos por una vieja ciudad.

Reconocemos, escribe Castro Nogueira, ese espacio por sus características formales como propio de otra época, sin embargo, todo ello se nos presenta como algo irremediablemente ajeno; como una suerte de decorado teatral: el casco antiguo de muchas ciudades patrimoniales puede ser una perfecta ilustración.
Podemos entender algo de la racionalidad imaginaria de ese espacio, poniéndola en relación con los movimientos sociales, económicos, políticos y artísticos de la época. Sin embargo, jamás podremos sentir, nos dice Castro, esa apertura/clausura (la A-létheia ‘heideggeriana’), que él denomina curvatura, del espacio de aquella época tal y como, virtualmente, la experimentaban sus habitantes o usuarios.
[El término ‘curvatura’ hace referencia a la materialidad construida y conceptual del espacio producido por una sociedad determinada, indica además una modalidad singular de transcurrir el tiempo ligada a ese espacio y remite a la experiencia personal y colectiva en el seno de una cultura (Castro)].
Podemos percibir entonces esos espacios remotos sólo de manera muy relativa; recorriendo aquellos lugares intentando sentir algunas de sus virtuales resonancias afectivas; tratando de visualizarlos con aquellos mismos ojos y pensándolos con aquellos hábitos perceptivos de sus habitantes; tratando de revivir el tiempo ligado a aquellos espacios sin imponer el nuestro.
Así lo hemos tenido que ir haciendo en nuestro quehacer y comprobamos con A. F. Alba que ‘los lugares de la ciudad se han transformado en geografías de la ausencia’.

 

Pero la arquitectura no puede dejar de ser geografía: el gesto arquitectónico primigenio es el marcar la tierra, un surco (templum) para instituir un mundo; una delimitación de la tierra (Gea) como cimiento del mundo. Nos lo recordaba Ferrán Lobo en Pensar, construir, habitar. La arquitectura  que es una construcción utilitaria (geometría) y su valor simbólico es algo añadido, acaba resultando la memoria esencial del habitar humano.
Por ello la arquitectura, como memoria que es, y esto es muy patente en el pensamiento de Louis Kahn, hace presente lo que ha existido a través de lo que ya no existe. Cada edificio presenta en su construcción (acto y resultado del acto) la memoria petrificada del artificio que se está construyendo. El espacio construido es así el tiempo condensado, según Paul Ricoeur. Y cada arquitecto se determina en su relación con una tradición establecida. 
El contexto construido guarda en su interior la huella de todas las historias del habitar de antaño. Lo efímero no está entonces en la naturaleza, a la que la arquitectura superpone su durabilidad y solidez; está también en la violencia de la historia que amenaza desde el proyecto de arquitectura cargado con todas sus ruinas. ‘¿Acaso la ciudad no fue siempre un lugar de ruinas?’ -nos pregunta Fernández Alba. Contemplar la belleza de la ruina encierra siempre una mirada amarga, pues reproducimos en la memoria el entorno del lugar perdido.

*

(sigue)


miércoles, 23 de noviembre de 2011

Patologías del presente



“La melancolía es un estado de tristeza insuperable”.

(by google)


En los momentos actuales en los que la crisis económica ha puesto de manifiesto con mayor agudeza las patologías que incuba el presente, limitadas nuestras maneras de ser y nuestros modos de pensar, nuestra vida nos es más ajena que nunca, y ello a pesar de la presunta mejora de la existencia humana mediante el perfeccionamiento de los avances tecnológicos del ahora llamado ‘transhumanismo’ o capacidad humana para trascenderse a sí mismo física y, sobre todo, intelectualmente.
La postmodernidad, que parece progresar adoptando según algunos intelectuales no melancólicos, posiciones más hedonistas y multiflexibles, se ha convertido no obstante en un ‘sistema’, con todas las contradicciones inherentes al mismo. Y aunque es difícil mantener una crítica sobre un sistema si es el propio sistema quien regula las herramientas para la crítica, contra la postmoderna hegemonía del relativismo que, socavando los cimientos de la racionalidad, formulando la desconexión de los diferentes juegos del lenguaje y potenciando la jerga tecnocrática y la anemia léxica, neutraliza la posibilidad de pensar, puede plantearse un nuevo interés por la razón, que debe entenderse en nuestros días, epistemológicamente, más mediatizada e imbricada en las circunstancias sociales y culturales, más transversal en suma, para, partiendo de esas modernas ‘impurezas’, comenzar a proponer una terapéutica frente a estas patologías del tiempo presente, dada la sintomatología que manifiestan independientemente de su etiología:

-          Pérdida de valores y profusión de fundamentalismos.
-          Dependencia  abusiva de los nuevos avances tecnocientíficos.
-          Corrupción de los discursos que desemboca en el descrédito de lo político.
-          Desmoralización social por preeminencia de la frivolidad ética.
-          Estatalización de la vida.
-          Banalización de los códigos culturales.