miércoles, 28 de diciembre de 2011

lunes, 12 de diciembre de 2011

Ciudad sin atributos

“La ciudad no es un árbol / todo es mentira, todo es mentira…”
Decía un antipoema a propósito de la falta de urbanidad que padecemos y que se ha incubado como un virus en las entrañas de la urbe en que vivimos.

Primero fueron los alcaldes de UCD, neófitos y temerosos de que se les negase el certificado de autenticidad democrática, pero sin ideología urbana, incapaces por ello de detener las posiciones en el desarrollo de la ciudad que los clásicos agentes urbanísticos iban tomando al calor de los pactos de La Moncloa.

Después, los alcaldes del PSOE que, salvo alguna escasa excepción, se dejaron comer la oreja por espurios elementos de novedosa catadura que, aprovechando leyes timoratas, propiciaron un rápido negocio periférico, dejando la ciudad fragmentada, dispersa y sin dotaciones, salvo no-lugares comerciales, atrayendo a la fácil ganancia corrupta a muchos de los propios munícipes.

Y luego, los alcaldes del PP que, eso sí con mayor educación en algunos casos que sus antecesores, se han entregado de lleno a la acción depredadora de los tiburones económicos para sacar adelante específicas operaciones urbanísticas al margen de una idea urbana global, sin que la ciudadanía, en todo caso, reaccione con efectividad política.

Y a partir de ahora, con la coartada de la ciclópea crisis económica, ¿qué?

*Joseph Beuys
Cosmos y Damián, 1974 Tarjeta postal, Edition Klaus Staeck.



jueves, 8 de diciembre de 2011

MEMORIA DE ARQUITECTURA (y IIIb)



(El patrimonio de la arquitectura)
6

 Cautivados, y cautivos, por la celebración de la memoria, necesitamos relacionarnos con el pasado mediante el patrimonio. De ahí la expansión actual del concepto de patrimonio. Patrimonio fue lo que procedía del paterfamilias en los romanos. Hoy patrimonio es, según Antonio Ariño, un conjunto de bienes que conforman el acervo de la sociedad. La dimensión patrimonial es un ‘constructo’ (construcción social) que no consiste en una propiedad intrínseca del objeto, sino una atribución de los sujetos.
En su artículo ‘La expansión del patrimonio cultural’, Ariño plantea al respecto que la obsesión por la memoria que ha producido la patrimonialización de la cultura, también alumbra algunas paradojas, como por ejemplo:
- Que toda tentativa de conservación es en sí misma una transformación, para que algo sea conservado como patrimonio ha de ser fosilizado y descontextualizado.
- Que la conservación está sometida a procesos de desestabilización ya que, dotado de identidades híbridas, el patrimonio es actualmente un proceso de negociación.
- Y que la construcción de un patrimonio cultural de la humanidad está condicionada por la globalización actual. En esa escala de proyección nueva, el propio reconocimiento patrimonial genera desterritorialización y desarraigo.
Hay que pensar, con Negri, que en el ámbito de la globalización ya no hay historia, sólo presente postmoderno. Y allí, el espacio histórico queda suprimido.
Aunque no todo sea patrimonio, aunque casi, todo sí es patrimonializable en potencia (incluido entonces el deterioro y la perversión del patrimonio)
No obstante la conversión del bien patrimonial en producto cultural lleva implícita, como dijimos antes, su mercantilización como artículo consumible, asociado ante todo a las estrategias del turismo o a las demandas de la sociedad del ocio y en pro de las reglas economicistas del mercado.


 A. y P. SMITHSON. Edificio “Robin Hood Gardens” (1966-72). Londres.
[Aprobada su demolición en 2009]

La forma de actuar de esa tendencia bastante dominante a considerar el patrimonio como valor económico es: preservar los edificios para después intervenir según la dinámica del mercado. Algunas restauraciones cultivan entonces el simulacro monumental  que demanda la industria turística a través de la réplica y por ello el proceso de banalización cultural del patrimonio puede convertir los centros históricos, como el caso de ciudades patrimonio, en parques temáticos.
Incluso la actual posibilidad de que todo pueda llegar a ser patrimo­nio ha sido interpretada por algunos pensadores contemporáneos, como hemos visto, como una reacción de miedo ante un mundo dominado por el mercado, ya que de alguna forma, el patrimonio permite combatir la tendencia de la sociedad del despilfarro.
El recuerdo en tanto que movimiento imaginario de retorno al pasado, constituye un medio de liberar a las cosas de la carga que las distorsiona y las oprime.
 
E. MENDELSOHN. Dibujo de la Torre Einstein. Potsdam (Alemania)

Memoria pues fundamentada como ‘remembranza’ (recordación). Mirada específica sobre el pasado o, mejor aún, una construcción del presente desde el pasado (construcción, no reconstrucción), esto es, no restauración del pasado, sino creación del presente con materiales del pasado [Benjamin].
Coetáneos de Benjamin, Adorno y Horkheimer, con su dialéctica negativa, plantearon una relación con el pasado que no fuera sacralizante. No defendieron la necesidad de conservar el pasado, sino paradójicamente de rescatar sus esperanzas.
Después de todo, igual tiene razón Antonio Fernández Alba cuando en su Domus aurea nos plantea: ‘¿No será que la mitificación del pasado se ha disfrazado de futuro y no hay quién lo reduzca a presente?’
Recordaremos como final una cita de Umberto Eco, traída por Iñaki Urdanibia, y que nos gustaría que tuviese futuro:
‘El pasado nos chantajea… La respuesta postmoderna a lo moderno consiste en reconocer que, puesto que el pasado no puede destruirse –su destrucción conduce al silencio- lo que hay que hacer es volver a visitarlo… con ironía’.
*

martes, 6 de diciembre de 2011

MEMORIA DE ARQUITECTURA (IIIa)



El patrimonio de la arquitectura
5

El Ángel de la Historia en Benjamin (‘Angelus Novus’) da la espalda al futuro. Según Cuesta Abad en Juegos de duelo, invierte su posición para ver de frente o recordar algo que de otro modo permanecería tras de sí olvidado.
 Las ruinas que ve el ángel, esas ruinas que son objeto de culto desde el Barroco, son los costes humanos y sociales del progreso… las graves amenazas que penden sobre el planeta y que son el resultado del progreso.
En los edificios reducidos a escombros anida un objeto del saber: lo que perdura es el raro detalle de referencias alegóricas. Y nos señalaba Benjamin: ‘Las alegorías son en el reino de los pensamientos lo que las ruinas en el reino de las cosas’.

 
[*Paul Klee]
‘Angelus Novus’

El monumento pierde su simbolismo, como símbolo del pasado, si no hay conciencia capaz de captarlo nos señala Francisco León. El símbolo se transforma en alegoría que elimina los límites de la significación. La alegoría sustituye al símbolo si su relación es convencional.
Estamos experimentando a partir de Benjamin complejos movimientos de reconceptualización y resemantización del patrimonio. El primer desplazamiento es el reconocimiento del patrimonio no sólo incluyendo la herencia pasada, sino también los recientes bienes y expresiones culturales, visibles e invisibles, tangibles e intangibles. Benjamin ha sido el primer pensador que invierte la orientación hacia el futuro que caracteriza en general a la modernidad y al arte moderno, hasta trastocarla en una orientación aún más radical hacia el pasado.
Existe una deuda que la actualidad tiene contraída con el pasado, una solidaridad que sólo puede testimoniarse, reconstruir las huellas históricas, con la fuerza de la memo­ria de lo aún olvidado.
A partir de los años sesenta del siglo XX, la superación de la historia como clave exclusiva de legitimación del patrimonio y la aceptación de la cultura como nuevo argumento, ha permitido formular nuevos bienes culturales. La noción de patrimonio redu­cida a una colección de monumentos excep­cionales, ha sido sustituida por otra más abierta.  En definitiva, una ruptura epistemológica que desembocó en la supera­ción de la artificiosidad de los límites tempora­les del objeto de estudio.


A. AALTO. Museo en Aalborg (Dinamarca).

Un proceso que verifica la creciente importancia patrimonial de la arquitectura contemporánea. En el Boletín del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico, Pérez Escolano, María Morente y otros, han reflexionado largamente sobre esta cuestión.
Se constata que durante los últimos tiempos se ha producido una patrimonialización de la cultura, con una desesperada búsqueda de elementos significativos dignos de preservación.

*
(sigue)


domingo, 4 de diciembre de 2011

MEMORIA DE ARQUITECTURA (IIb)



(Los cimientos de la memoria)

4

Conocidos los cimientos, fijemos nuestra atención en el ‘constructo’.
De acuerdo con Andoni Alonso, filosóficamente la memoria no sólo interesa epistemológicamente (memoria como facultad cognoscitiva) u ontológicamente (memoria como garantía del yo) sino éticamente (lo que se debe recordar y lo que hay que olvidar).
La definición más general de memoria, leemos en Ricoeur, proviene de Aristóteles (De la memoria y de la reminiscencia), que retoma a su vez, como no, a Platón (Teeteto), y concierne a la imagen (eikôn): hacer presente la ausencia.
Hay que distinguir dos tipos de lo ausente: lo irreal e imaginario, por un lado y lo que ya ha sido, lo anterior, por otro. Esto último distingue a la memoria como ausencia, se trata de hacer presente lo que ha sido y está, ahora, ausente. No es momento de relacionar estas cuestiones con Heidegger y su distinción entre Vergangen, la época pasada y Gewissen, lo anterior. Historiografía [historich] versus acontecer histórico [geschichtlich] en definitiva.
Hablar de memoria es hablar del tiempo y hablar del recuerdo implica aludir al olvido. Pero hablar de memoria en relación al tiempo, continúa Alonso, nos lleva a hablar del espacio (‘lugares’ en los que aparece la memoria). En efecto, nos lo precisó Rodríguez de las Heras en su ‘Del arte de la memoria a la nemótica’: “La memoria la pliega el tiempo. Recordar es poder deshacer solamente los pliegues que guardan lo que deseamos en ese momento recuperar”. Y resalta el papel de Simónides de Ceos y la importancia de la imagen para la memoria. ‘Se crea el ‘arte de la memoria’ para reforzar las funciones de la memoria natural… el arte de la memoria consiste en imaginar imágenes (‘imagines’) y lugares (‘loci’)…’
El arte de recordar (mnemotécnica) pasará en el siglo XXI por el ordenador como sustituto de la memoria individual: La memoria natural deviene en artificial.



Mediante el lenguaje, los humanos pueden crear mundos imaginarios. Pueden, incluso, sincronizar esos mundos. Pueden simular el mundo con el lenguaje y simular el lenguaje con el lenguaje en un ordenador.
Investigar las metamorfosis que la ‘sociedad de la información’ ha propiciado, como causa y efecto, en dimensiones fundamentales de la existencia humana como la memoria, es otra preocupación que puede derivarse de la presente lección, a desarrollar a posteriori.
Si buscamos una concepción más científica de la memoria de acuerdo con investigaciones recientes, leemos en Castro Nogueira que en realidad nuestros recuerdos son ‘constructos’ complejos en permanente cambio, vinculados a las emociones, los deseos y los estímulos prácticos del presente.
Sigue Castro pormenorizando que no existen ‘localizaciones’ fijas y estables de recuerdos en nuestra mente en el sentido convencional. Podría hablarse de cierta ‘topología’ de nuestra memoria; de ciertos espacios-tiempos mnemónicos configurados de acuerdo con estructuras topológicas más o menos estables. Y dice: ‘La memoria no es tanto una repetición exacta de una ‘imagen-recuerdo’ en nuestro cerebro, como una constante recategorización’.
Los materiales psíquicos fragmentarios no pertenecen al pasado de los sujetos sino que derivan de las representaciones inmediatamente anteriores a la estimulación. El cerebro categoriza continuamente estímulos de acuerdo con el pasado y con los deseos, emociones y necesidades presentes. Lo anterior desmitifica cierta jerga filosófica utilizada.
También se admite hoy que la memoria no se opone al olvido. No son términos excluyentes ni antagónicos. Según Todorov, la memoria es una selección entre supresión (olvido) y conservación (fijación en la memoria).
Pero no es lo mismo el olvido en el sentido de desconocimiento del pasado, que el olvido en el sentido de no dar importancia al pasado… Hay un pasado presente y un pasado ausente… Lo deformante es el olvido: la historia misma sería ese olvido desfigurador de lo natural.
Sentencia Reyes Mate al respecto: ‘Del pasado se ocupa la historia y también la hermenéutica’. Y es que ya lo decía Benjamin: ‘La historia comienza cuando acaba la memoria’.

*
(sigue)


viernes, 2 de diciembre de 2011

MEMORIA DE ARQUITECTURA (IIa)


Los cimientos de la memoria


3

La transformación de la concepción de la práctica arquitectónica, escribió Ferrán Lobo, se pone de manifiesto en la ‘mítica del origen’. Ya que se suele caracterizar la situación de las artes en nuestra época como la de una crisis de fundamentos.
Sabemos que los cimientos, la cimentación, tienen otro significado según el D.R.A.E.: el de fundaciones o, mejor, fundamentos, y es así como se utiliza por los técnicos constructores en Hispanoamérica. De ahí que para comprender la importancia actual del pasado y de la memoria, nos preguntemos por sus ‘fundamentos’: los cimientos de nuestra memoria.
Habíamos constatado con Odo Marquard que ese mundo moderno del progreso casi ilimitado, en el que hay que hacer sitio a lo nuevo desechando las cosas pasadas de moda, justificar el empleo de la tecnología moderna y convertir lo tradicional en mercancía, es cada vez más, paradójicamente, el mundo de la conservación y del recuerdo. Como compensación de la innovación se desarrollan en nuestra época fuerzas protectoras del pasado y aparece una cultura del recuerdo. Como escribe Marquard: ‘la manera más efectiva de olvidar, es olvidar mediante el recuerdo’. En consecuencia, cuanto más moderno es el mundo moderno, es decir más postmoderno, más imprescindible resulta, como compensación, la cultura del recuerdo. Señalando Jameson que los dos rasgos del posmodernismo son: la transformación de la realidad en imágenes y la fragmentación del tiempo en una serie de presentes perpetuos.
Pero esta filosofía de la compensación no explica en profundidad el giro hermenéutico que respecto al pasado se ha desarrollado en civilización occidental. Sobre todo porque sabemos a partir de Halbwachs que el pasado es una reconstrucción social no inmutable sino moldeada por las experiencias del presente.
Relacionamos hoy una nueva manera de ver la ciudad como un conjunto de escenarios, con una nueva forma dinámica de entender el patrimonio. Y detrás de todo, según Fernández de Rota, está una de las peculiaridades de la época contemporánea: la conciencia obsesionante de la historia. Y cita a Huyssen: ‘La memoria es una obsesión cultural de proporciones monumentales’. La obsesión por la memoria no es una epidemia masiva de nostalgia sino una auténtica crisis de los fundamentos de la modernidad.
En realidad la capacidad humana de disponer técnicamente de la naturaleza se ha intensificado en la sociedad de consumo, la renovación continua está exigida para asegurar la pura y simple supervivencia del sistema, y el ideal de progreso es algo vacío. Por otro lado, como nos indica Toni Negri en Arte y multitudo, el mercado destruye la creatividad. El mercado, su poder, ha absorbido toda potencia para evacuar la posibilidad de que lo que devengue singularidad tenga valor para alguien o algo. No sólo se destruye la imagen, sino la imaginación. Y como si se refiriese a nuestros objetivos, dice: ‘ya no hay memoria; se ha vuelto imposible para la evacuación del deseo, de la racionalidad, de todo proyecto de singularidad. La traición, así como la falsificación, se convierten en moral allí donde se da la ausencia de memoria’.
Pero esta justificación reduccionista atribuiría predominantemente al mercado la promoción de esa sensibilidad historicista pretérita. No es suficiente entender el patrimonio como producto transformado en mercancía en los actuales procesos de consumo y mercantilización.
En efecto, una explicación más cimentada, [vide J. Hernández Ramírez en Ciudad e historia], argüiría que los nuevos usos de la memoria y la vindicación del pasado, derivados de la angustia existencialista tras la desconfianza en la ciencia y la tecnología, son indicadores de la crisis de los valores de la modernidad. La valorización entonces del patrimonio cultural es un sentimiento de extravío de los vínculos sociales, la comunidad pierde su papel como lugar de socialización, y la experiencia espacio-temporal se resquebraja. Lo que aumenta hoy el apego al pasado son las dinámicas homogeneizadoras que impone la globalización; como reacción surge la recreación de nuevas referencias, rescatando memorias y patrimonializando culturas.
Pensadores como Benjamin y como Heidegger, desde ideologías encontradas, fueron no obstante precursores de la fundamentación de esta valorización.
Así, tras la terrible experiencia de la segunda guerra mundial, el europeo asolado y cautivo expía en la angustia, en palabras de Heidegger de 1962: ‘la huida de los dioses y con ella la desolación de la morada de los seres humanos, el vacío de sus obras y la vanidad de sus actos’.
‘Si la brutalidad del mundo moderno -el poder de la técnica actual, que todo lo penetra, y de la ciencia y sociedad industrial, subordinadas a ella- no mantuviera una relación enigmática con la retirada de los dioses, nosotros, que en el peligro de la autodestrucción del ser humano buscamos algo que nos salve, no necesitaríamos la memoria’, continua Heidegger en su librito Estancias.
La voluntad artística de hoy presenta algo sin consistencia, que expuesto a las manipulaciones de la era industrial, resulta incapaz de mostrar lo propio. ‘Sólo podemos buscar lo que, aunque veladamente, ya conocemos’. Insiste en la búsqueda del pasado a través de la memoria, realizando una mirada retrospectiva y un esfuerzo por la recuperación del inicio, un Heidegger que había pensado antes del nazismo, que nuestro tiempo está fuera de lugar y que el pasado es el peso intempestivo del olvido.
Por ello en un mundo que aparece cada vez más conflictivo, el pasado puede manifestar su identidad propia a los seres humanos de una época cuyo universo está penetrado por doquier por lo artificioso de los dispositivos.
 La falta de fe en un progreso que conduce a la aniquilación, angustia la existencia de un ser sin futuro, que busca en su pasado, en su origen, al que accede fomentando la memoria, un fundamento en que basar su devenir.
Por ello, continúa Heidegger: ‘quien en el estado actual del mundo busca el lugar determinante, aunque todavía oculto, sabe que todo lo más nuevo de lo nuevo se desmorona si no se retrotrae a su antigüedad originaria…’.
Y sentencia: ‘quien no tenga presente la violencia del mundo técnico moderno, puede diluirse en el encanto que proporciona histórico-estéticamente la ciudad’.
Advirtiendo Heidegger acerca de la decadencia [ya entonces], que caracteriza a la parte antigua de las ciudades, ‘todo envejecido, pero no viejo; pasado, pero no algo sido’ no obstante con el peligro, dice premonitoriamente, de ‘…convertirse en un simple objeto de la disciplina histórica, en imágenes estimulantes de escritores sin ideas, en escenario de experiencias y congresos internacionales, en objeto de rapiña de la industria del turismo’.
Y también, acerca de la contemplación de las ruinas, les atribuye la representación más sencilla, y esencial, del silencio como espacialidad de un espacio existencial. Cita ‘Pan y vino’ de Hölderlin: ‘¿Por qué callan también ellos, los viejos teatros sagrados?’ 


GRASSI y PORTACELI. Restauración del Teatro Romano de Sagunto.

Y escribe: ‘los fundamentos de los templos, los poderosos tambores de las columnas que aún desplomados mantenían su erguida, sustentante, prominencia: todo ello ahuyentaba la apariencia de lo colosal simplemente macizo’.
Preguntándose si no sería esto una advertencia de que, si es verdad que la investigación arqueológica sigue siendo necesaria y meritoria, sin embargo no alcanza ella sola aquello que sucedió en medio de lo construido en otro tiempo.

Dibujo de E. G. ASPLUND. (Viaje por Italia).

En parte, como escribe Baudrillard respecto a la excavación arqueológica, por tendencia a que ‘…el yacimiento se clausure como si fuera una mina agotada. La ciencia pierde con ello un capital precioso, pero el objeto queda a salvo, perdido para ella, pero intacto en su ‘virginidad’. No se trata de un sacrificio, sino de un sacrificio simulado de su objeto a fin de preservar su principio de realidad’.

*

(sigue)


miércoles, 30 de noviembre de 2011

MEMORIA DE ARQUITECTURA (Ib)



(La memoria de los cimientos)

2
La ciudad fue antes urbs que civitas... tiempo en el residir del ser, antes que espacio para el habitar del hombre. El habitar, réplica del construir, implica una atenta relectura del entorno urbano, de las huellas que llevan los monumentos y todos los edificios. Huellas no como residuos, sino como testimonios actualizados del pasado, ausente, que ya no es, pero que ha sido: de todo ello es capaz la ‘piedra’ que dura.
En Occidente se tiene la creencia que los edificios deben ser eternos. Lo antiguo tiene, por tanto, su valor y su sustancia ideal en la piedra. Y un edificio se considera antiguo, sólo si se conserva materialmente durante el tiempo. Por el contrario, una sociedad oriental, como la japonesa, no tiene ese sentido de la permanencia. Ya que, todo lo que no está muerto tiene posibilidad de cambio. Nos lo recuerda Italo Calvino en Colección de arena. La cultura japonesa está en el universo de la madera. Lo antiguo, entonces, es lo que perpetúa su diseño a través de la continua destrucción y renovación de los elementos perecederos. Françoise Choay escribe: ‘Japón, que sólo concebía el arte como algo vivo, conservaba nuevos sus monumentos gracias a su reconstrucción ritual’.
Algo que tendría parangón con lo que ha señalado Simone Weil: ‘la realidad moderna es una realidad de descreación... La descreación consiste en dar el paso de lo creado a lo no creado, mientras que la destrucción consiste en dar el paso de lo creado a la nada’. Lo que perdura, o debe perdurar entonces, es la forma del edificio, y la caducidad de sus partes realza la antigüedad del conjunto. 
      
 Occidente vs. Oriente. [Partenón Atenas – Kinkaku-ji Kioto].

Octavio Paz también resaltó ese principio en la estética japonesa que considera que nada está totalmente terminado y que juega con la idea de lo inacabado y levemente imperfecto como categoría artística. La única forma de poder durar es tener una consistencia maleable.
 O también la tradición japonesa, como vemos en los filmes de Kurosawa, prioriza la construcción en los valles menos luminosos, contrariamente a la tradición occidental que privilegia las cimas de las colinas: oposición ciudad baja y ciudad alta.
 [Podríamos introducir otra variable cultural en lo que estamos diciendo. Según un último estudio de National Geographic sobre Stonehenge, el monumento neolítico estuvo dedicado a morada de los muertos, la piedra con que se construye significaría la mineralización de los cuerpos, por contraposición al material encontrado en un yacimiento vecino, posible asentamiento -morada de vida- de los constructores del monumento, de estructura circular similar pero de madera, materia de vida].


 
 Stonehenge. Amesbury (Inglaterra).

Esa anterior dualidad que pone en cuestión la idea eurocentrista predominante que tiene que ver con la esencia de la conservación en relación con el tiempo y con el lugar, es una idea que puede hacernos continuar reflexionando sobre algunos de los tópicos que se manejan en la protección del patrimonio.
Defender entonces la memoria del lugar es salvaguardar la historia de la ciudad. En efecto, como en nuestra cultura los monumentos de una ciudad antigua que han perdurado son sus cimientos patrimoniales, la ‘memoria’ de la ciudad, su historia, queremos que sea constituida por la memoria de sus cimientos.
El concepto de monumento es específicamente reciente y partiría de Riegl (El culto moderno de los monumentos de 1903). Según Vattimo el monumento estaría concebido para durar, pero no como presencia plena de aquello que recuerda que permanece precisamente sólo como recuerdo.
El sentido original del término es aquello que interpela a la memoria. Y es que a partir de la filosofía de Heidegger la verdad del ser mismo no puede darse sino es en la forma de rememoración. Vattimo se apropia de los conceptos de ‘recuerdo’ (rememoración) y de ‘restablecimiento’ (superación) que expresan la peculiar posición de un pensamiento que ya no es metafísico. La historia de la metafísica, si el soporte de la historia es el olvido heideggeriano, sería la historia del olvido del ser. Acentúa Vattimo la versión nihilista de la rememoración, utilizando el olvido del ser como forma de invalidar el pensar; rememorar es esencialmente recobrarse, las categorías adquieren el ‘valor’ de monumentos, herencia debida a las huellas de lo que en otro tiempo se ha vivido.
Siguiendo esa visión postheideggeriana, de la que Vattimo y también Derrida forman parte, se entiende que en el ‘monumento’ se subliman según Ernesto N. Rogers, en una relación dialéctica de tendencias opuestas, los significados de dos términos verbales latinos, a saber:
- Memini (condensar formalmente la experiencia y su memoria), y
- Monere (representar determinados significados y valores de un grupo social dado).
El monumento recuerda y hace recordar. Y Derrida en Resistencias  nos lo sugiere: ‘… la necesidad innegable de un monumento, es decir de lo que se impone recordando y advirtiendo…’  El monumento es una entidad identificada por su valor y que forma un soporte de la memoria, ya que la memoria necesita referencias, cosas que remitan a la memoria. La condición de monumento alude también a una modalidad de acaecer de la verdad que se caracteriza explícitamente con el doble rasgo de descubrirse y acotarse.
En Alegoría del patrimonio escribe Françoise Choay que el monumento es un dispositivo de seguridad. El monumento asegura, da confianza, tranquiliza al conjurar el ser del tiempo. Garante de los orígenes, el monumento, dice, calma la inquietud que genera la incertidumbre de los comienzos. Desafío a la acción disolvente que el tiempo ejerce sobre todas las cosas, el monumento intenta apaciguar la angustia de la muerte y de la aniquilación. Esta manera de relacionarse con el tiempo vivido y con la memoria constituye  precisamente, para ella, la esencia del monumento.
Desde otra hermenéutica, Vattimo en su El fin de la modernidad, afirma también que el monumento es ante todo un hecho fúnebre destinado a registrar rasgos y recuerdos de alguien a través del tiempo. El monumento no es la obra en la que se identifican sin residuos interior y exterior. El monumento es más bien aquello que dura en la forma de la máscara fúnebre. No es copia de una vida plena, sino la fórmula que se constituye para transmitirse. Ese monumento-fórmula se construye no para ‘desafiar’ al tiempo, imponiéndose en contra, sino para permanecer en el tiempo.

Antiguo cementerio en Malmoe (Suecia).

En todo arte, aquello que alude a la mortalidad, tiene el carácter de monumento. El esfuerzo con el cual el artista trabaja su obra… es una especie de anticipación de la erosión que el tiempo esencialmente ejercita en la obra al reducirla a monumento. Por ello dejo escrito Hölderlin (Odas e himnos): ‘Lo que queda/ lo fundan los poetas’. E insiste Vattimo: no lo que ‘dura’ sino lo que 'queda’, es decir la huella, el recuerdo, el monumento.

*


(sigue)


lunes, 28 de noviembre de 2011

MEMORIA DE ARQUITECTURA (Ia)


 La memoria de los cimientos

1
La percepción del espacio patrimonial, que ha formado parte de la memoria colectiva, condiciona los planteamientos de intervención en el mismo. Y a su vez, igual que el Zeitgeist [el espíritu del tiempo] de una época determina el cambio de paradigmas de una disciplina, las concepciones filosóficas de cada periodo histórico han modificado dicha percepción del espacio y por tanto las políticas de intervención en él.
He aquí la tesis: Solamente los enamorados de la ciudad deberían intervenir sobre ella. Y para estar enamorado tienes que saber ver y entender.
Las ciudades, según Italo Calvino, como los sueños, están construidas de deseos y de miedos, aunque el hilo de su discurso sea secreto, sus reglas casi absurdas, sus perspectivas engañosas y toda cosa esconda otra. Por mucho que uno quiera a una ciudad, decía Saramago en una entrevista, a veces por motivos oscuros, por una sombra, una calle, una fuente, esa pequeña ciudad dentro de la ciudad, llega un momento en que los cambios son tan repentinos y bruscos que no te dejan tiempo para acostumbrarte.
 Antes cambiaba como un organismo vivo, con un crecimiento lento, casi imperceptible. Ahora cada ciudad se va pareciendo a todas las ciudades, los lugares intercambian forma, orden, distancias, un polvillo informe invade los continentes. En muchos casos tendríamos que balbucir parafraseando a Thomas Bernhard: ‘Estoy en la cima de la montaña y miro a la ciudad infame, azotada por la lluvia...’.

 

La ciudad histórica, antigua y moderna, se ha querido prefigurar, utilizando una imagen recurrente, como una colección de fragmentos de diferente historicidad e identidad, un palimpsesto (ese manuscrito antiguo que conserva huellas de una escritura anterior borrada artificialmente o ese yacimiento arqueológico que presenta mezcla de estratos, impidiendo saber cuál es el superior y cual el inferior).
En ese sentido, escribe Fernández Alba que la ciudad es como un archipiélago de recintos imaginarios... que nos ofrece los sedimentos de otras ciudades que antes existieron. 

O puede verse, [pace Jünger], como una colonia de arrecifes de coral que crece sobre lo existente. El devenir de las mareas permitiría apreciar, el número de estratos, de colores cambiantes y arquitectónicamente variados, de los que la naturaleza se sirve para construir la barrera coralina, amasando esqueletos de antozoos madreporarios.
Cita Bonet Correa: ‘Cada época nos refleja la ciudad que ha vivido o soñado’. Como si en la ciudad algunos quisieran descubrir sus pentimentos [o alteraciones en un cuadro que manifiestan el cambio de idea del artista sobre aquello que estaba pintando].
Podríamos incluso nosotros, plantear la ciudad como un palíndromo (esa palabra o frase que se lee igual de izquierda a derecha, que de derecha a izquierda), su lectura debe ser la misma desde el presente al pasado que desde el pasado al presente.
Esta última lectura sería la propiciada por la memoria, la memoria de los cimientos.

Es importante desde el principio diferenciar entre espacio urbano y espacio social: aunque desde luego el espacio social posee una dimensión urbanística. Precisamente nuestra época está experimentando, independientemente de los cambios urbanístico-arquitectónicos, transformaciones radicales del espacio/tiempo social, señala Castro Nogueira en La risa del espacio. E insiste en la imposibilidad de separar ambas dimensiones. Es como si los espacios [imágenes dialécticas según W. Benjamin] segregasen su propia temporalidad ensimismada. No olvidemos que los lugares son sitios donde suceden las cosas. Y el lugar, también, es un intervalo que hay que recorrer.
La ciudad se mantiene, conservando sus edificios pero también la memoria de sus texturas, de sus sensaciones, de sus sugerencias, de sus imágenes... y cualquier pérdida en este sentido tiene que ser tenida como muy grave.
Hasta una pequeña ciudad, o un paisaje, poseen sus murmullos temporales más o menos irreductibles. Lo mismo que sucede con nuestras imágenes de la memoria, sólo recordamos su envoltorio espacio-visual sin las tramas valorativas y afectivas; ocurre cuando contemplamos un monumento de la antigüedad o nos desplazamos por una vieja ciudad.

Reconocemos, escribe Castro Nogueira, ese espacio por sus características formales como propio de otra época, sin embargo, todo ello se nos presenta como algo irremediablemente ajeno; como una suerte de decorado teatral: el casco antiguo de muchas ciudades patrimoniales puede ser una perfecta ilustración.
Podemos entender algo de la racionalidad imaginaria de ese espacio, poniéndola en relación con los movimientos sociales, económicos, políticos y artísticos de la época. Sin embargo, jamás podremos sentir, nos dice Castro, esa apertura/clausura (la A-létheia ‘heideggeriana’), que él denomina curvatura, del espacio de aquella época tal y como, virtualmente, la experimentaban sus habitantes o usuarios.
[El término ‘curvatura’ hace referencia a la materialidad construida y conceptual del espacio producido por una sociedad determinada, indica además una modalidad singular de transcurrir el tiempo ligada a ese espacio y remite a la experiencia personal y colectiva en el seno de una cultura (Castro)].
Podemos percibir entonces esos espacios remotos sólo de manera muy relativa; recorriendo aquellos lugares intentando sentir algunas de sus virtuales resonancias afectivas; tratando de visualizarlos con aquellos mismos ojos y pensándolos con aquellos hábitos perceptivos de sus habitantes; tratando de revivir el tiempo ligado a aquellos espacios sin imponer el nuestro.
Así lo hemos tenido que ir haciendo en nuestro quehacer y comprobamos con A. F. Alba que ‘los lugares de la ciudad se han transformado en geografías de la ausencia’.

 

Pero la arquitectura no puede dejar de ser geografía: el gesto arquitectónico primigenio es el marcar la tierra, un surco (templum) para instituir un mundo; una delimitación de la tierra (Gea) como cimiento del mundo. Nos lo recordaba Ferrán Lobo en Pensar, construir, habitar. La arquitectura  que es una construcción utilitaria (geometría) y su valor simbólico es algo añadido, acaba resultando la memoria esencial del habitar humano.
Por ello la arquitectura, como memoria que es, y esto es muy patente en el pensamiento de Louis Kahn, hace presente lo que ha existido a través de lo que ya no existe. Cada edificio presenta en su construcción (acto y resultado del acto) la memoria petrificada del artificio que se está construyendo. El espacio construido es así el tiempo condensado, según Paul Ricoeur. Y cada arquitecto se determina en su relación con una tradición establecida. 
El contexto construido guarda en su interior la huella de todas las historias del habitar de antaño. Lo efímero no está entonces en la naturaleza, a la que la arquitectura superpone su durabilidad y solidez; está también en la violencia de la historia que amenaza desde el proyecto de arquitectura cargado con todas sus ruinas. ‘¿Acaso la ciudad no fue siempre un lugar de ruinas?’ -nos pregunta Fernández Alba. Contemplar la belleza de la ruina encierra siempre una mirada amarga, pues reproducimos en la memoria el entorno del lugar perdido.

*

(sigue)


miércoles, 23 de noviembre de 2011

Patologías del presente



“La melancolía es un estado de tristeza insuperable”.

(by google)


En los momentos actuales en los que la crisis económica ha puesto de manifiesto con mayor agudeza las patologías que incuba el presente, limitadas nuestras maneras de ser y nuestros modos de pensar, nuestra vida nos es más ajena que nunca, y ello a pesar de la presunta mejora de la existencia humana mediante el perfeccionamiento de los avances tecnológicos del ahora llamado ‘transhumanismo’ o capacidad humana para trascenderse a sí mismo física y, sobre todo, intelectualmente.
La postmodernidad, que parece progresar adoptando según algunos intelectuales no melancólicos, posiciones más hedonistas y multiflexibles, se ha convertido no obstante en un ‘sistema’, con todas las contradicciones inherentes al mismo. Y aunque es difícil mantener una crítica sobre un sistema si es el propio sistema quien regula las herramientas para la crítica, contra la postmoderna hegemonía del relativismo que, socavando los cimientos de la racionalidad, formulando la desconexión de los diferentes juegos del lenguaje y potenciando la jerga tecnocrática y la anemia léxica, neutraliza la posibilidad de pensar, puede plantearse un nuevo interés por la razón, que debe entenderse en nuestros días, epistemológicamente, más mediatizada e imbricada en las circunstancias sociales y culturales, más transversal en suma, para, partiendo de esas modernas ‘impurezas’, comenzar a proponer una terapéutica frente a estas patologías del tiempo presente, dada la sintomatología que manifiestan independientemente de su etiología:

-          Pérdida de valores y profusión de fundamentalismos.
-          Dependencia  abusiva de los nuevos avances tecnocientíficos.
-          Corrupción de los discursos que desemboca en el descrédito de lo político.
-          Desmoralización social por preeminencia de la frivolidad ética.
-          Estatalización de la vida.
-          Banalización de los códigos culturales.